Artista
María Camila Castro
“Siéntate en silencio por el tiempo suficiente y lo que parece silencio se convierte en una presencia sutil: pájaros, moscas, viento, la tormenta menguante.”
(Kim Haines-Eitzen, 2022, 57)
Quisiera comenzar con una invitación a escuchar. Desde hace tiempo persigo el silencio de distintas maneras. Una de ellas ha sido experimentar y reflexionar sobre si es posible grabarlo. En mi trabajo de campo me he dedicado a registrar lugares silenciosos. Este es el sonido con el que mi búsqueda empezó:
En la cordillera central de los Andes, saliendo por el nororiente de Bogotá, dejando atrás los cerros de Monserrate y Guadalupe, pasando el alto de la Virgen, muy cerca de la cascada la Chorrera, aledaña al páramo de Chingaza, está la Mística. Este es, por excelencia, mi lugar de silencio. Es una escuela de meditación y contemplación en las montañas de Choachí, Colombia dirigida por Víctor Ricardo Moreno Holguín. Aunque de vez en cuando se oyen las flotas que pasan por la carretera o el radio de un vecino en un predio aledaño con la música a “todo taco”[1], es un lugar muy silencioso. Situarnos en medio del paisaje, nos vuelve permeables a la caída del agua, los pájaros, los zumbidos del aire, el viento. Pero este lugar no es silencioso solo por su distancia de la ciudad, sino por el tipo de práctica que aquí se cultiva: una forma de silencio que involucra atención, pensamiento y corporalidad.
Si bien es una experiencia que acoge muchos contrastes, el silencio suele ser descrito como una experiencia intensa. Huimos de él por medio del abarrotamiento de nuestras agendas, volumen e información. Cuando le pregunto a mis alumnos cuál es su relación con el silencio, algunos dicen que les parece intimidante porque lo asocian con la soledad. Quedarnos solos implica no tener excusas para afrontarnos y escucharnos. En el 2014 un equipo de psicólogos diseñó un experimento para averiguar si las personas disfrutan de tener tiempo libre para pensar cuando no están rodeadas de distractores. Para su sorpresa, los participantes reportaron tal grado de incomodidad que, con tal de tener algún estímulo, incluso prefirieron autoadministrarse leves descargas de corriente eléctrica antes que estar solos y en silencio (Wilson et al., 2014). Es más, incluso quienes desean y buscan el silencio, cuentan que acostumbrarse a él puede ser tortuoso. Así es como Pablo d’Ors, escritor y sacerdote católico, relata el inicio de su relación con el silencio:
Comprobé que quedarse en silencio con uno mismo es mucho más difícil de lo que, antes de intentarlo, había sospechado. No tardé en extraer de aquí una nueva conclusión: para mí resultaba casi insoportable estar conmigo mismo, motivo por el que escapaba permanentemente de mí. (2023, 14)
No sólo resulta incómodo, el silencio también contiene un alto potencial para impedir la comunicación, el cuidado y el respeto por otros. Para muchos, la relación entre la escucha del otro y el silencio es antagónica. Los silencios del archivo, por ejemplo, marcan la ausencia de ciertas perspectivas en las narrativas históricas y dan lugar al olvido de estas memorias (Ochoa-Gautier, 2015; Spivak, 1998; Williams, 2019). Algunos filósofos contemporáneos se han interesado por entender cómo el silencio comunica desinterés e indiferencia por las experiencias de otros y, a su vez, oculta y perpetúa injusticias y dinámicas de opresión. Sus análisis nos han permitido entender mejor las maneras en que las estrategias de silenciamiento desarticulan las voces de determinados grupos sociales e incluso impiden que sus testimonios sean comprendidos y puestos en palabras (Dotson, 2011; Fricker, 2007; Langton, 1993; Medina, 2012, 2023).
Sin duda, el silencio es caleidoscópico y depende mucho de su contexto. Sin embargo, la motivación principal de mi investigación doctoral ha sido una invitación a ampliar nuestra comprensión del silencio más allá de su preponderante identificación con la incomodidad, el borramiento y el desinterés. Si bien creo que son perfiles del silencio, me preocupa que mantener conversaciones en las que el silencio es, mayoritariamente, antagónico a la escucha nos haga solidificar la idea de que este siempre es el caso.
Mi proyecto de investigación aborda un giro epistemológico y ético en la relación entre el silencio y la escucha y es esta la reflexión que quiero compartir. El silencio no sólo imposibilita la escucha. Abunda, y con buenas razones, una preocupación por cómo silenciamos a los otros, por cómo impedimos que sus voces sean a veces siquiera articuladas. Sin embargo, el silencio también es una condición de posibilidad para la escucha. Antes que ser exclusivamente un obstáculo para la audibilidad, puede ser una condición que la facilita, en especial cuando las fuentes de sonido suelen ser difíciles de escuchar porque no son ruidosas como los anuncios publicitarios ni virales como las vistas online, porque requieren de sosiego para surgir, o incluso porque su manera de expresarse no es la tradicionalmente antropocéntrica. Tomando prestada una palabra de Alejandro Castillejo Cuéllar, antropólogo y ex-comisionado de la verdad en Colombia, el silencio nos permite “recalibrar” la escucha (Castillejo, 2023).
El silencio es la capacidad de vaciarnos para recibir. Hay una historia zen que Pauline Oliveros incluye en sus Meditaciones Sónicas e ilustra muy bien esta idea:
Una taza de té
Nan-in, un maestro japonés durante la era Meiji (1868-1912), recibió cierto día la visita de un erudito, profesor de la Universidad, que venía a informarse acerca del zen.
Nan-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad.
El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. “Esta ya llena hasta los topes. No siga, por favor.”
“Como esta taza”, dijo entonces Nan-in, “estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el zen a menos que vacíes primero tu taza?” (Carne de Zen, huesos de Zen, p.21)
Al final de la historia Oliveros anota: “Como compositora, tuve que vaciar mi copa.” (2022 [1971], p.iii)[2]. ¿Cómo podemos escuchar a menos que vaciemos nuestra taza? Nuestros oídos son esa taza desbordada que, como el monje Nan-in, seguimos vertiendo llena de estímulos a diario. Sin embargo, a diferencia del profesor, no solemos tomar conciencia del desbordamiento porque creemos que nuestra taza tiene una capacidad ilimitada. Aún más lejos estamos de hacernos la pregunta que el monje zen le hace al profesor: ¿cómo podemos recibir si estamos tan repletos?
Actualmente, muchos podrán resonar con esta idea. Sin duda, muchos nos sentimos sensorialmente bombardeados con el tamaño de las urbes, la omnipresencia de las redes, la facilidad de reproducir videos y música, la necesidad de mantenernos al tanto, etc. Pero esta necesidad de vaciarse a sí mismo para poder hacer espacio precede nuestra urgencia actual. Ya en el siglo I a.C. Séneca se quejaba del ruidajo que le impedía concentrarse en su escritura:
¡Muera yo si el silencio es tan necesario como parece para quien en el retiro se consagra al estudio! Heme aquí rodeado por todas partes de un griterío variado. Vivo precisamente arriba de unos baños. Imagínate ahora toda clase de sonidos capaces de provocar la irritación en los oídos.” (Epístola 56)
Pensar en esta relación entre nuestra capacidad de recibir y el volumen de contenido al que usualmente estamos expuestos me ha llevado a encontrar respuestas en el desierto, el lugar de retiro por excelencia. Parece que esta necesidad de separarnos para vaciar nuestros oídos, nuestras mentes, nuestros cuerpos, viene de muy atrás. Si hay una tradición que exploró el silencio y la escucha y convirtió esta búsqueda en un estilo de vida, fue (entre otras) la tradición temprana del cristianismo en el desierto egipcio alrededor del siglo III d.C. Mi mentora Kim Haines-Eitzen, profesora de religiónes mediterráneas antiguas, dice que “el llamado del desierto es un llamado del oído” (2023, 21). Justamente porque la experiencia sensorial jugó un rol fundamental en el estilo de vida monástico, Haines-Eitzen nos acerca a la dimensión sónica de la experiencia monástica por medio de las grabaciones de campo que realizó en ambientes desérticos como el Sinai y Néguev.
Antonio Abad y Pablo de la Tebaida inauguraron la tradición con su retiro solitario como ermitaños[3]: ambos dejaron el ruido de sus pueblos en busca del silencio del desierto[4]. Propongo una pausa para escuchar la grabación de campo que acompaña el capítulo 3 “Un camino de silencio en un mundo ruidoso” del libro Desierto Sonoro (2023), escrito por Kim Haines-Eitzen.
Con el tiempo, la tradición monástica se expandió y adquirió otras formas de retiro, como la vida en un monasterio. En medio de esta diversidad, lo que parece ser común a la tradición monástica es una conciencia por cómo el lugar tiene un papel esencial en el tipo de vida que llevamos y en quién nos convertimos. Este movimiento físico tenía el propósito de alejarlos de un perfil sonoro que les distraía y llevarlos a un lugar en el que abundara el silencio. Es decir, para los primeros ermitaños y monjes esta es una búsqueda de lugares silentes. Los monjes desarrollaron el silencio como una práctica central de su estilo de vida porque les permitió poner de lado el ruido externo e interno que los distraía y les permitió estructurar sus vidas de acuerdo con sus compromisos espirituales. Una de las lecciones que aprendemos del monasticismo es que el silencio les permitió poner en perspectiva aquello que demandaba su atención y reevaluar hacia dónde —en alineación con sus valores— querían dirigirla[5].
Si bien los monjes salieron de sus pueblos en busca del silencio que el desierto ofrece, la concepción estereotípica del desierto es muy lejana de lo que el desierto es en realidad. En el desierto abundan los sonidos e incluso los peligros. Esto es lo que Haines-Eitzen (2023, 32) llama la paradoja del desierto: los ermitaños van en busca del silencio, pero encuentran más sonidos. La grabación de campo que acompaña el capítulo 1 de su libro, “Escuchando al desierto”, ofrece un correlato sonoro de esta paradoja.
En la biografía de Antonio Abad aparecen sonidos rugientes, reverberantes, cacofónicos y aulladores. Pero no solo se trata del ruido externo, los monjes descubren que, si bien se han alejado del ruido de la ciudad, ahora están solos con el ruido de sus mentes y este parece ser más fuerte que nunca antes. Por eso el cultivo del silencio interno se convierte también en una práctica central para la vida del monje. Uno de los textos más influyentes sobre la vida monástica, La escalera del divino ascenso (600 d.C.), escrito por el monje bizantino Juan Clímaco describe una serie de pasos para guiar el camino monástico. El onceavo paso de la escalera es justamente la búsqueda del silencio, el cual abarca no sólo la ausencia de palabras sino también la quietud interior.
Cuando digo que el silencio es la capacidad que tenemos de vaciarnos para recibir, aquello de lo que nos vaciamos y aquello que recibimos depende mucho del contexto. Como los monjes en su movimiento físico hacia el desierto, podemos vaciarnos del ruido externo para recibir con apertura nuestra voz interior. Muchas veces necesitamos vaciarnos de las exigencias externas que nos dicen cómo debemos conducir nuestras vidas para poder abrirle paso a la voz interior que nos dice cómo es que nosotros, genuinamente, queremos conducirla. Otras veces necesitamos de un silencio interior, uno que nos permita vaciarnos de nuestra propia voz porque es esa la que no nos permite sosiego, en especial si es una voz que nos juzga e inmoviliza. Me enfrento a esta voz cuando quiero escribir y me ha tomado mucha práctica acallarla para que aflore otra voz, la voz creativa en mí.
Así que la búsqueda del silencio y la recalibración de nuestra escucha no se reducen a la búsqueda de un lugar externo silencioso, la invitación es a cultivar ese espacio en nosotros mismos. Silenciar nuestro ambiente es un paso hacia la escucha. Hay tanto que nos distrae, y a veces no es eso a lo que queremos genuinamente prestar nuestra atención. Es más bien a lo que nos vemos obligados a prestar atención. Esta es una distinción que se vuelve urgente al vernos insertos en la economía de la atención, donde nuestra percepción está bombardeada constantemente para que ciertos estímulos se perciban como más sobresalientes y urgentes que otros[6]. Sin embargo, lo son por diseño, no porque nosotros discernamos que así lo son. Cultivar espacios de silencio para aliviar el sobreestímulo al que está sometida nuestra percepción es un paso hacia la escucha. Ahora bien, silenciar nuestro interior también forma parte de la recalibración de nuestra escucha a nosotros mismos. En los ejemplos iniciales, la escucha de sí parece ser aisladora e incómoda, pero tal vez lo es por el tipo de relación que hemos fomentado con nosotros mismos. Recalibrar la escucha de nosotros mismos requiere de abrir momentos de silencio que nos permitan explorar esta forma de escucha. Como dice Pauline Oliveros, la escucha se distingue del oír porque va más allá del mero medio físico que permite la percepción de sonidos y abarca “prestar nuestra atención a lo que percibimos acústica y psicológicamente” (Oliveros, 2015). Por medio del vacío, el silencio nos permite movernos de un plano a otro y prestar atención a aquello que percibimos.
A veces es el sonido exterior el que impide que prestemos atención a una fuente de sonido interna. Nuestra resistencia al silencio es la que nos impide saborearlo como el medio que conduce a esta recalibración de la escucha de nosotros mismos. Habitar lugares o momentos silenciosos posibilita un cambio de ritmo que hace posible la escucha. La escucha de sí puede resultar difícil por al menos dos tipos de ruido. Uno, el que proviene de afuera, como en el caso de los monjes cuando deciden retirarse al desierto. Sri Nisargadatta Maharaj, representante contemporáneo del VedAnta advaita, explica cómo el silencio hace audible la voz propia en medio del ruido externo:
“Ser, sólo ser (…) Tal modo aparentemente perezoso de pasar el tiempo está altamente considerado en India. Significa que por el momento usted está libre de la obsesión del “¿y ahora qué?”. Cuando no tiene prisa y la mente está libre de ansiedad, ésta se aquieta y en el silencio algo puede ser oído que de ordinario es demasiado sutil o fino para ser percibido (…).” (Yo soy Eso, 811)
Eso que Nisagradatta llama “de ordinario es demasiado sutil o fino para ser percibido” empieza a volverse audible con la ayuda del silencio externo, pero puede seguir siendo imperceptible porque el silencio externo no es suficiente para escucharnos a nosotros mismos. Se requiere también de un vaciamiento interior de nuestras expectativas y afanes. Como bien lo anotó el filósofo colombiano, Fernando González, el silencio externo cumple un rol que, finalmente, solo puede ser complementado por el silencio interior:
“Silencio ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. (…) No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía” (Los negroides).
La recalibración de nuestra escucha no implica que debamos retirarnos y mudarnos al desierto para encontrar la misma disponibilidad que los monjes. Más bien, su historia es una invitación a aprender de su sensibilidad acerca de cómo vivir en un paisaje sonoro y qué puede ofrecer el silencio como vaciamiento para desarrollar una escucha profunda y contemplativa. Cuando el silencio da lugar a esta escucha contemplativa, por el contrario de bloquear, permite una apertura para dejarnos interpelar mediante el vaciamiento de lo que nos abarrota y el espacio que se abre para recibir. Por eso da lugar al delicado balance entre hacer y dejar hacer. El silencio, desde esta perspectiva, no es una omisión o una carencia, es un comportamiento consciente que requiere de práctica y cuidado. No nos aleja del otro ni de nosotros mismos, antes nos permite acercarnos al realmente disponernos para escucharle y escucharnos. Como diría uno de mis compañeros sónicos, el filósofo y músico Rafał Mazur, “cambia como escuchas y escucha como cambias”.
Post a comment