artista

Gustavo Guzmán

El laboratorio “Relaciones Sonoras en Quebrada de los Lúcumos”, coorganizado con la Escuela Latinoamericana de Arte Sonoro y la organización comunitaria ambiental Quebrada Los Lúcumos (QLL)[1], se propuso explorar la huella acústica de aquella zona específica de Playa Ancha[2], donde confluyen paisaje, memoria y conflicto socioambiental. Bastante densa en vivencias y artefactos históricos —además de poseer rasgos naturales únicos, como la especie endémica que le bautiza—, la Quebrada es también una zona de fuertes contrastes entre lo que llamamos sonidos tecnofónicos, biofónicos y geofónicos. Es decir, aquellos producidos por la actividad humana moderna, por la totalidad de los seres vivos y por los elementos naturales, respectivamente. Esta tensión se acentúa por la atronadora presencia del camino “La Pólvora”, cuya estela de ruido irrumpe, atraviesa y recompone la experiencia acústica del lugar.

 

Primera Jornada

La mañana del sábado 27 de mayo, llegamos a la Sede Vecinal para la primera sesión del taller. La idea era hacer una caminata de escucha, tomar muestras del paisaje sonoro y reconocer el territorio. Nos tocó un día taciturno, de esos que cubren el litoral de neblina densa como gotas de leche, producto de la vaguada costera. Ya conocíamos el lugar desde el verano, hace apenas unos meses, por lo que el efecto era de familiaridad a la vez que expectación. Sabíamos que esta era una posible «zona de sacrificio» —así nos lo explicó una miembro de la organización en aquel entonces—, y esa fue, para mí, la simiente del taller. Por lo demás, parecía que el cruce de labores de recuperación del territorio, la aparición de reliquias botánicas de un Chile antaño tropical (como el “lúcumo silvestre”[3]), y el abandono municipal convergían en una problemática concreta: la cuestión del ruido ambiente generado por el camino La Pólvora. 

Recuerdo la impresión de aquella primera jornada, cuando empezamos el trayecto al fondo de la Quebrada desde la cancha Elías Figueroa. El efecto era casi alucinatorio, místico a la vez que distópico. Viendo hacia el mar desde una loma de pasto seco, la autopista se abalanzaba sobre los ojos, recortando el fondo con sus pilares brutalistas: una inmensa culebra de concreto que emergía brevemente de la bruma, justo cuando el día comenzaba a clarear.

Bajando al fondo de la quebrada, con el camino emergiendo de la bruma. Video de Alejandro Da Silva, captura por Gustavo Guzmán.

El problema 

Aunque es mucho más que esto para quienes habitan Porvenir y sus alrededores, el camino La Pólvora es técnicamente una ruta logística no concesionada para el tráfico vehicular pesado, que va desde Valparaíso a Placilla. Inaugurada en 2008 para alimentar al puerto —y al país— con un flujo ininterrumpido de camiones de carga, esta autopista ondulante representa parte de un plan mayor de expansión y modernización de la infraestructura portuaria de la región. Pero si tú, de visita en el barrio, te sentaras en el “Mirador del Viento” para disolver tu mente en el vaivén del mar, no experimentarías tal cosa. Aquí lo que se siente es el ruido hasta la médula, vibrando por las bajas frecuencias que engullen la atmósfera y se mezclan con el viento, ocultando las sonoridades marinas. ¡Qué cierto es cuando decimos que nos falta vocabulario para describir el mundo del sonido, el ruido y el silencio!

En este lugar, esa estática de fondo hipnótica que asociamos a las olas —al menos en sus momentos más serenos— se ve aplastada por una masa cacofónica cuyos efectos perniciosos bien conoce la comunidad. De vez en cuando, el aire trae consigo graznidos de gaviotas, ladridos de perro y música de perreo, como susurros perdidos de sus habitantes. Pero por sobre todos los sonidos, aquí se impone el ruido del «progreso», como dirían algunos, pendiendo sobre personas a las que nadie consultó. El Mirador del Viento, que en realidad mira a la carretera, y que, según entiendo, se concibió como una forma de compensar los daños causados, me parece más bien una burla a la gente de Porvenir.

Acercamiento al camino La Pólvora emergiendo de la bruma. Foto de Gustavo Guzmán

Buscando el ruido

El laboratorio intentó abordar estos problemas de manera explícita, sin dejar de lado los conocimientos que pudiesen aportar las grabaciones de campo, las mediciones de ruido y otros métodos de análisis pensados como germen para futuros estudios en la zona. Así, a través de ejercicios de atención compartida y de «bioacústica ciudadana», se buscó examinar la hipótesis de la Quebrada como una zona de sacrificio en diversos frentes, teniendo como eje el ruido generado por el camino La Pólvora y sus posibles impactos en la población, la flora y la fauna.

Cabe señalar que, a oído desnudo, muchos de estos efectos se manifiestan como obvios, pero siempre es bueno tener algún instrumento de referencia, sobre todo si la intención es propiciar un diálogo con la institucionalidad. Por otro lado, la pregunta sobre el ruido y el silencio es particularmente fecunda si es que atendemos su importancia ecológica, cultural, estética y, por supuesto, política. Como son las cosas, este corredor biológico ofrece una perspectiva única para aunar estos contrastes, y aterrizar la teoría. Despleguemos, pues, un mapa para entender mejor el territorio.

Imagen satelital de Google Maps, Altitudes aproximadas (m s. n. m.): (a) Mirador del Mar: ~124 m (Mirador), ~108 m (Promontorio*), (b) Fondo: ~162–168 m, (c) Sede Vecinal: ~214–220 m, (d) Carretera: ~115 m

Tras coordinar con la organización, convenimos en establecer tres zonas acústica y topográficamente diferenciadas, desde las que trazar una caminata de escucha y posteriores registros: “Sede Vecinal”, “Fondo de la Quebrada” y “Mirador del Mar”. La forma de la quebrada facilitó esta decisión, proyectándose el Camino la Pólvora como la principal fuente generadora de ruido (u origen). 

Así, tenemos el Mirador (a ~80 m del origen), que ve directamente al mar, y cuya zona extendimos desde el mirador mismo hasta el promontorio que da a los acantilados, justo debajo del camino-puente. Al extremo opuesto está la Sede Vecinal (a ~720 m del Camino, pero a ~60 m de las calles Porvenir y Levarte), donde se mezclan sonidos de tiuques, picaflores, chercanes, chincoles, zorzales, perros, micros, camiones y otros tipos de ruidos mecánicos, electrógenos y barriales. Justo al medio está el Fondo de la Quebrada (a ~388 metros del origen), donde se disipa y reverbera, como entre bostezos, toda la bulla proveniente de ambos extremos. A esta zona bajan los picaflores para retozar entre los matorrales, quilas, lúcumos y uno que otro vestigio «civilizatorio» que la organización diligentemente va recolectando.

¿Qué clase de criaturas híper-metabólicas son estas?  

¿Cómo sentirán el tiempo, el detalle granulado de nuestras voces?

 

También fue aquí donde pudimos experimentar, entre palabras y miradas de asombro, algunos hiatos de silencio y cierto amparo de tanta actividad acústica a nuestro alrededor. Abriendo la escucha, fue con estas tres áreas que pudimos delinear el contorno acústico de la Quebrada, como una cámara de ecos masiva que proyecta, canaliza y amplifica el ruido que rebota entre sus laderas.

 

Senderismo inductivo

 

Conmigo hay una grabadora, unos prismáticos chinos, bloqueador solar, lápiz, un fanzine y mis orejas…

 

La caminata de escucha se concibió como una forma de auscultar la vida íntima de la Quebrada. Rutas que mantuviesen el oído alerta en base a los contrastes y dinámicas aurales, a sus disipaciones en el cemento, la basura y las hojas, sus amplios surcos de viento y de bulla, sus momentos de silencio. Se le comentó a la organización que todo eso buscábamos, además de una apertura a lo desconocido.

Como señala Westerkamp[4], la caminata de escucha no es como otras prácticas que intentan parametrizar la investigación del paisaje sonoro (tales como la medición de la intensidad de ruido o el mapeo acústico), ni tampoco busca generar un perfil abstracto de una locación particular. Al contrario, la idea es conectar con el lugar, prestar atención a las texturas, dejarse llevar por el sentido del viento, de la velocidad y de las aves. ¿Y por qué no? Del diésel y el efecto Doppler. 

Los fanzines cumplieron un rol inductivo para la caminata, con listas de sonidos, una viñeta para trazar el recorrido y una cara entera para dibujar la Quebrada, además de anotar bitácoras y sentires. Esto nos ayudaría a profundizar en las sesiones subsiguientes, culminando en un conversatorio en formato radial. Diseño por Alejandro Da Silva, foto de Gustavo Guzmán.
Para la pesquisa del ruido, nos servimos de un «gráfico de radar» en el que proyectamos 4 variables dispuestas en dos ejes para graficar el ruido de manera sencilla: acontecido/silencioso y molesto/placentero. Esto, dado que tendemos a polarizar la experiencia auditiva en antinomias relativas a la intensidad sonora. Muestras anónimas. Diseño por Alejandro Da Silva, foto de Gustavo Guzmán.

Primeras apreciaciones

Por supuesto, el paisaje sonoro no existe independiente de los seres que lo habitan, y su análisis no se limita a lo escuchable, sino que también incluye relaciones de orden cultural, social, político, económico, ecológico, etc. El valor de estas apreciaciones depende del juicio personal, así como de una actitud de apertura y profundización en la escucha. Esto puede llevarnos a comprender que, como dice Cobussen, ni la urbanización ni el tráfico son inherentemente lo más problemático en este tipo de situaciones[5], y que la Quebrada también depende de factores contingentes como su topografía («efecto cañón»), la materialidad del sustrato, el tipo de follaje, las condiciones climáticas, su historial de usos antrópicos, la interacción con otros sistemas viales o industriales, etc.

Por eso, en lugar de diseccionar el paisaje sonoro en métricas aisladas, en mi opinión, lo mejor es adoptar un enfoque holístico que integre otras dimensiones cualitativas (claves espaciales, variaciones de volumen, testimonios, respuestas sensibles, etc.) Por lo demás, tales acercamientos perceptuales al paisaje sonoro suelen ser parte de los métodos de evaluación de impactos por ruido, más allá de las métricas y enfoques analíticos tradicionales (pruebas S/R, modelado acústico, etc.)

En este sentido, cabe señalar que, en lugares como la Quebrada, la instalación de pantallas acústicas podría atenuar hasta cierto grado el ruido[6], pero la topografía y la forma misma de la carretera son factores adicionales a considerar. Más aún, las frecuencias más graves, como las producidas por el tráfico vehicular, tienden a ser más difíciles de bloquear. Por último, la experiencia colectiva de un paisaje sonoro también se ve influida por la presencia de frecuencias más sutiles, pero no menos capaces de transformar nuestra percepción del mismo[7].

 

Segunda Jornada

Como mencioné anteriormente, el problema del ruido es palpable apenas ponemos pie en la Quebrada. Toda persona que llegue podrá oír y detectar, según su propio discernimiento, que existe un problema. Es decir, que no necesitamos de herramientas adicionales para determinar que acá existe contaminación acústica. Y la verdad, es que esta no es muy distinta de los problemas de ruido de cualquier zona urbana, salvo que los niveles pueden ser mayores dependiendo de la distancia respecto a La Pólvora, y que la bulla es crónica e indiferente a los ritmos de vida del lugar —siendo parte del mosaico de ecosistemas Biosfera de La Campana-Peñuelas—.

Por otro lado, si el estruendo en el Mirador es apabullante, no puedo dejar de pensar en las viviendas apostadas sobre la loma unos metros al sur, justo por encima del “Túnel Las Ánimas”, que engulle a La Pólvora y estrangula el muñón de acantilados contra el Camino Costero. Esa ruta colinda, a su vez, con la no menos polémica planta de aguas servidas “Loma Larga”[8], que vierte al mar los residuos tratados de una buena parte del Gran Valparaíso.

 

¿Quién vivía antes de que se construyera el camino? ¿Acaso importa?

 

Haciendo un análisis rudimentario de los registros en video de una mañana de sábado de junio, pude contabilizar, por cada 30 segundos, el paso de al menos 3 camiones de carga pesada, más 5 autos u otros vehículos, además de los bocinazos constantes cada vez que estos se cruzaban en direcciones opuestas: un dron continuo de ruidos automovilísticos. ¡A sacar las herramientas, pues! 60, 70… a veces 80 decibeles marcaba mi «medidor de ruidos», calibrado específicamente para mi celular.

Vista magnificada de un segmento del camino La Pólvora. 8 vehículos en 30 segundos: 3 camiones, 5 autos, 6 bocinazos. Nivel de ruido sugerente de un tráfico intenso.Foto de Gustavo Guzmán.

Midiendo el ruido

Para analizar la intensidad del ruido y evaluar su impacto en el ambiente y la salud, lo estándar es usar la escala por decibeles «dBA»[9], que se mide con sonómetros debidamente calibrados. Dicha escala «filtra» ciertas frecuencias, manteniendo casi intactas aquellas que son más relevantes para la sensibilidad del oído humano (aprox. 500 Hz–6 kHz)[10]; es decir, aquellas que percibimos con mayor nitidez, y donde se concentra la mayor parte de la energía del habla, del llanto de los bebés y de muchos ruidos cotidianos. Estas son, asimismo, las que la psicoacústica y los análisis de pérdida auditiva vinculan con mayores niveles de daño (≈4 KHz).

Pero al analizar con aplicaciones de sonómetro, se hizo evidente que existe un problema. Y es que las mediciones estándar son insuficientes a la hora de evaluar los niveles de ruido en contextos «heterotópicos», donde coexisten personas, flora, fauna y un telón de intensa actividad vial como es la Quebrada. Esto se debe a que, institucionalmente, el impacto del ruido se reporta en base a un único valor numérico de dBA y sus estadísticas temporales asociadas.

Un oxímoron: el grueso de la energía acústica generada por la carretera —sistemas de escape, motores, frenos, embrague— ocurre por debajo de los 400 Hz, mientras que la ponderación en dBA comienza a «escuchar» frecuencias recién por sobre los 500 Hz. Pero gracias al motor de combustión interna y los sonidos electrógenos, el paisaje urbano contemporáneo está saturado en las frecuencias del rango bajo (20–200 Hz)[11]. Por lo tanto, a la hora de medir el ruido vial, las frecuencias más graves no suman al valor final, silenciando el real impacto de este efecto sinérgico.

Peor aún, dado que gobiernos, empresas e industrias deben hablar una lengua común, esta escala es la única reconocida transversalmente para legitimar estudios de ruido y sus impactos sobre una población. Es decir, una escala que no considera las sensibilidades animales o vegetales y que, incluso para propósitos humanos, no responde adecuadamente fuera de contextos ocupacionales urbanos e industriales[12]. En otras palabras, hoy, solo existen soluciones antropocéntricas para lidiar con problemas antropogénicos.

 

Mediciones para los días sábado de mayo a junio de 2025, de 10:30 AM a 13:00 PM (grabaciones intermitentes): 64 dBA promedio para el Mirador; 56 dBA promedio para Fondo; y 61 dBA promedio para Sede Vecinal. Mediciones y foto por Gustavo Guzmán.

Visualización de las variaciones de presión sonora

Sumado a esto, realicé un análisis experimental de los espectrogramas con redes neuronales artificiales, observando que, aunque las tres zonas muestran rasgos similares a las visualizaciones de «sistemas caóticos» (como el clima, el tráfico vehicular o las interacciones en ecosistemas), cada una tiene su propio carácter según la intensidad y espectro de la señal. Este experimento se nutrió de un ensamblaje previo de los paisajes sonoros, donde manipulé las grabaciones de campo para comprimir su temporalidad, con y sin ajuste de tono.

(Izq.) En Mirador, predominan los sonidos cíclicos e intensos en frecuencias de sub bajo a bajo (1–100 Hz), y se observa cierta correlación con la menor diversidad de sonidos del hito (principalmente vehículos, viento y mar). (Centro) En Fondo de la Quebrada, la amplitud promedio se reduce a más de la mitad respecto al Mirador, y y existe mayor heterogeneidad de formas debido a las aves, perros, más los ruidos de motores, bocinas y tubos de escape. (Derecha) En Sede Vecinal, la amplitud promedio es un poco menor al Mirador, pero todos los sonidos se perciben más fuerte respecto al Fondo, y existe una mayor presencia de pájaros (principalmente picaflores). En un sentido de información de las bandas de frecuencia, la relación entre los elementos sonoros se ve «balanceada», si bien intensa.

Pero estos ensamblajes no solo fueron útiles para alimentar las redes neuronales, sino que también brindaron un resumen aural de los distintos paisajes; una «instantánea» de los eventos que abrió la discusión respecto a la continuidad morfológica percibida entre sonidos de orígenes dispares (camiones vueltos gruñidos, motos transformadas en picaflores y picaflores pulverizados en granos de interferencia radial)[13]

Luego veríamos que estas transformaciones —junto con algunos ejercicios de vocalización— evidenciarían una sensación familiar, y hasta reconfortante, en nuestra comprensión de las formas de ruido coexistentes en la Quebrada.

 

Hipótesis del nicho robado

¿Real o imaginario? Durante las caminatas de escucha, notamos algo inesperado en las colonias de picaflores: en vez de menguar su actividad vocal frente al estruendo vehicular, esta aumentaba (~7dB RMS promedio). Esto contradecía la impresión de la primera jornada, que nos hizo suponer que las especies se adaptan desplazando sus llamadas a bandas libres de interferencia, y que silencian su canto al detectar perturbaciones.

Esta observación guarda relación con las hipótesis del nicho acústico y de la adaptación acústica de Krause (1993)[14]. Aunque ambas cuentan con respaldo mixto —de hecho, las grabaciones de campo no ofrecieron confirmación alguna—, tal comportamiento me hace pensar que, como indica el autor, el ruido de la expansión del suelo urbano e industrial puede bloquear o enmascarar los nichos espectrales de ciertas especies, sometiéndolas a un estrés innecesario y forzándolas, con el tiempo, a migrar o desaparecer[15].

Tiuque reposando en una rama en lo alto de la quebrada, cerca de la calle Porvenir. Foto de Gustavo Guzmán.

Relación señal-ruido

El canto de los pájaros destella en la atmósfera como una luz aprisionada, mientras que un tubo de escape carraspea a lo lejos, reventando obscenamente tras los eucaliptos. La Quebrada resuena, y en ese resonar nos llegan murmullos de otros lugares, a veces como transfigurados. Aquí, entre compresiones y rarefacciones, recibimos las ondas cargadas por cada interacción del entorno consigo mismo, como dice Truax (1984), informándonos de su estado[16].

 

La bulla saciada

Nos devuelve un lienzo

Sobre el que adivinar el silencio

De la nada indolente

 

El pasar accidentado del tiempo en el Fondo de la Quebrada me recuerda que nuestra percepción se trenza de formas multimodales, y que los usos metafóricos del ruido revelan la interconexión de estas experiencias sensoriales, superando una mera cuestión de decibeles.

Recuerdo también que, para personas con discapacidad visual, el ruido puede ser un aliado valioso: la lluvia envuelve los objetos y el espacio en un mismo halo acústico, así como el trueno contornea las distancias, orientándoles en la inmensidad del vacío (tal como el  relámpago hace con la vista). En estos casos, incluso sonidos «esquizofónicos» como el zumbido de un refrigerador o el cacareo interferente de una radio pueden ser estímulos positivos para «iluminar» un lugar[17]. Este es el primer manto de sentido que podemos endosar al ruido; es decir, como portador de información sobre el entorno. Pero como advierten Herssens et al. (2011), también el exceso de ruido imposibilita la orientación.

A su vez, los lapsos de mutismo nos recuerdan que la Quebrada es una zona de contrastes, y que nuestro concepto experiencial del ruido es inseparable de su complemento, el silencio. Queda claro, en estos parajes, que binomios conceptuales como ruido/silencio, orden/caos, adentro/afuera, son polarizaciones abstractas de una misma cosa latente.

A medida que volvemos a la Sede Vecinal, estas breves pesquisas mentales me remontan a la búsqueda beckettiana de aquel “silencio que subyace a todo”[18]. Y no puedo evitar pensar que, tal vez, lo más seductor del silencio radique en su capacidad de catalizar otros tipos de ruido infinitamente más sutiles. Que a veces basta con un suspiro para romper las cadenas del sentido, y dejar que el caos supure por las grietas[19].

 

El silencio es sexy

El gesto de silencio no es uno de vacío, sino de presencia total. Es la respiración entre las palabras, el repliegue momentáneo que permite que fluyan significados, miradas, tactos y afectos[20]. Este amaina las turbulencias, zambulléndonos en el presente para enlazarnos al sonido del mundo. Sontag nos dice que un posible uso del silencio sea “certificar la ausencia o renuncia al pensamiento”, mientras que otro sería “certificar la compleción del pensamiento”[21]. Olenina y Schulzki complementan que tendemos a recurrir a “medios más elocuentes pero opacos —el silencio y el gesto— cuando nos enfrentamos a los límites entre lenguaje y pensamiento”[22].  

 

De ahí que es necesario introducir un léxico más completo sobre nuestra experiencia del silencio, con especial atención a las vivencias de personas con discapacidad tanto visual como auditiva, así como a la kinestesia.

 

Me parece a mí que toda consciencia y que todo juicio de valor sobre el ruido y el silencio se verán enriquecidos si consideramos que, en el fondo, se trata de una cuestión de umbrales; es decir, no de rigideces ni líneas divisorias, sino gradientes que se van difuminando en los extremos. Como decía Leibniz, solo más allá de cierto umbral las percepciones devienen ideas claras, y me parece que el silencio habita ese espacio nebuloso entre señal y ruido: la estática de fondo del mundo hormigueando hacia la entropía. Por ende, el silencio no es una negación del ruido —sensorial, cognitivo, emocional—, ni existe tal cosa como el silencio absoluto. Si tú te metieras a una cámara anecoica, seguirías oyendo las modulaciones de tu cuerpo, el latido de tus venas y el zumbido de tu cerebro, de manera quizás pasmosa[23].

 

Ruideces

→ Como un sonido indeseado, involuntario o perjudicial, considerado desagradable, fuerte o perturbador para las facultades mentales o auditivas. 

→ Como un sonido irregular, onda no periódica, indiscernible cualidad más allá de texturas imprecisas compuestas de muchas frecuencias solapadas, distinta de un sonido tonal, que es de contornos y estructuras armónicas más o menos claras.

Categorías morales del ruido:

Caos, estallido, disociación.

Extrañeza, guerra, tinnitus.

Categoría moral del silencio: 

Orden, serenidad, un respiro necesario.

Encuentro, repliegue y contemplación.

Invirtamos los polos:

Silencio: conformismo, inacción, censura.

Ruido: control, soberanía y expresión de lucha.

 
Tercera jornada

De vuelta al Fondo de la Quebrada —aunque desde mi casa, a través de las grabaciones de campo—, el ruido de los camiones, autos y motos perfila contornos cinéticos cortos y largos, ascendentes, descendentes o planos. Variados, como locuciones ralentizadas de una lengua tonal. 

Cada sección representa un momento distinto de esta maquinaria, siendo el descenso asociable a una desaceleración, y el ascenso al ruido de frenos y cambios. Las embestidas del viento presentan contornos similares, resquebrajando el aire para llegar a los oídos a velocidades distintas, produciendo un leve desfase entre ambos lados que es como una leve embriaguez de la escucha. No puedo evitar pensar que, como dice Delalande, a la hora de imitar con la voz el mundo de los sonidos, solemos «encarnar» en estos gestos miméticos una doble representación: la del movimiento y la del sonido real[24]

De hecho, la semejanza entre los perfiles sonoros es tal que, al acelerar, subir o bajar el tono de ciertas grabaciones, el rugido exasperante de una moto bien puede terminar escapando en un chiflón tímido y furtivo. A su vez, la presencia de helicópteros y aviones, reales o imaginarios, proyecta en mi mente una escena bélica, similar al collage Dresden Interleaf (1965) de Gordon Mumma[25]. En esta obra, un bestiario áspero de drones electrónicos se intercala con silencios abruptos para sugerir un paisaje bélico: radios, stukas, sonares y bombas cayendo sobre la ciudad de Dresde, durante la Segunda Guerra. Hiperacusia y estrés postraumático heredados culturalmente; lecciones del ruido (aún) no aprendidas como sociedad.


Guerras de ruido

Vista de la culebra-ciempiés y sus pilares, desde la desembocadura de la quebrada a los acantilados. Foto de Gustavo Guzmán.

En el descenso para grabar bajo los pilares de La Pólvora, a varios metros del Mirador, nos llega el dembow melancólico de una casa aledaña, como extraviado entre los embates del viento y la carretera. El ritmo incesante me remonta a las «guerras de volumen» de la industria musical y radiofónica: esa canallesca táctica de explotar nuestra inclinación por los sonidos fuertes. Tratamiento estándar desde hace décadas en todo tipo de géneros (metal, house, música urbana e incluso el jazz), el término refiere a producciones que llevan la forma de onda al límite, generando una especie de «embutido sonoro» que es fruto de su compresión excesiva.

Lo interesante de esta guerra —además de señalar ciertos vicios culturales propios del oído posindustrial— es que nos remite a cuestiones más profundas sobre nuestra relación política con el sonido y las tecnologías de grabación/reproducción. 

En primer lugar, desde que se regularon las bandas de frecuencia para las radioemisoras, que las señales se procesan con limitadores, compresores y otros efectos dinámicos para amansar la interferencia entre diales. Por supuesto que estas herramientas no son en sí «perversas», y, de hecho, su manipulación artística es emblemática de diversos estilos y lenguajes musicales modernos. Pero en su abuso también se advierte una fascinación irracional por el ruido, un impulso colectivo que busca su propia catástrofe auditiva.

La importancia política del ruido ha sido claramente expuesta por Attali, así como Schafer ha subrayado su imperativo ecológico. Una de las consecuencias más tristes de esta «guerra de ruidos» es la instrumentalización del sonido como fuerza de control, ya sea como arma ofensiva o barrera defensiva, pero siempre en detrimento de un balance en el espacio sonoro. Así, como expresa Wrightson, y “como en toda guerra, el entorno deviene campo de batalla, sufriendo tanto [él] como sus habitantes”[26]. En estas campañas, incluso nuestros cuerpos terminan volviéndose contra sí mismos: totalmente alienados, nuestra piel, músculos, grasa, órganos y huesos se vuelven transmisores-receptores pasivos de una agresión que les aturde.

Es por esto que, como seres urbanos, sabemos que un sonido potente puede enmascarar ruidos más molestos y buscamos «mejorar» con estos la percepción de nuestro espacio, muchas veces de manera inconsciente. En este ciclo vicioso se coronan diversas «batallas de ruidos» que bien conocemos, y que son las que deben librar a diario vecinas y vecinos de Porvenir con sus parlantes, audífonos, televisores, etc., como compañía ruidista frente al retumbe de La Pólvora.

 

2’ 46’’–3’ 14’’

“La violencia es el desempoderamiento del lenguaje, y el ruido es el equivalente sonoro de este desempoderamiento”, escribe Sangild[27]. Méndez añade que el ruido, al escapar de nuestro control, quiebra «el orden armónico» del paisaje sonoro y, con él, las normas que regulan la convivencia social[28]. Podemos concluir que el ruido no es un simple sonido molesto, y que se presta para usos tanto de subyugación como de resistencia, de alienación como de convivencia. Esta agencia ruidista es reflejo del caos de la cultura urbana contemporánea, que muchas veces pone a prueba nuestros límites de tolerancia. No por nada, la música noise ha sido tan popular en países como Japón, Alemania o EE. UU., donde la abrasividad sonora encarna a la vez que expurga traumas  de posguerra, ruina industrial y una fascinación por la tecnología como dispositivo de «rebelión».

Por otro lado, como vemos en las revueltas, este fenómeno también acarrea significados específicos al gesto en el que participa —desorden, caos, desenfoque, mancha—; en definitiva, un descentramiento de la subjetividad que realza los sentimientos de ira, efervescencia, dolor, miedo, turbulencia, éxtasis e impotencia de la ciudadanía.

Desde este sentido de urgencia se pueden entender fenómenos ideológicamente dispares, como el cacerolazo y el uso de armas sónicas en un mismo entorno de protesta. Estas últimas, anunciadas en son de amenaza durante el Estallido, mas no aplicadas en aquel entonces, podrían haber sido el símil acústico de las 465 mutilaciones oculares perpetradas criminalmente por Carabineros de Chile. Es decir, estrategias político-policiales que, según Durán y Vetö[29], funcionan como mecanismos de re-subjetivación para reprimir, castigar y neutralizar una expresión política cuya resistencia se desmarca de los modos de vida alienantes propios del neoliberalismo.

Pero el ruido también puede ser instrumento de agencia política para disentir, en cuyo caso se le contrapone al silencio cómplice, la censura, el orden del sistema. Pero a su vez, y en este mismo campo de batalla, el silencio mismo puede llegar a ser un dispositivo de lucha y reivindicación, como atestiguan diversas revueltas alrededor del mundo en las últimas décadas[30]. Existe entonces potencial de lucha y organización tanto en el ruido como el silencio, en la paralización como el movimiento, y en el levantamiento como el desplome[31]. Diríase que hay una relación cíclica entre ambos, donde al ruido de la ira no disuelta le sigue el silencio, como forma de auscultar los significados de una materialidad derruida.

 

Con el lenguaje ya desacralizado, cedemos a una poética tanto del ruido como del silencio.

 

Volviendo al Fondo de la Quebrada, estos ritmos de ruido y señal se sienten como una respiración profunda pero accidentada, la convalecencia de una herida de la que no somos conscientes hasta que escuchamos activamente, con mente, corazón y estómago. Los breves lapsos de silencio —de no más de 30 segundos— nos recuerdan que toda transmisión implica ruido, pérdida y reconstrucción desde nuestra subjetividad. Es decir, la interpretación creativa de un mensaje. 

 

Vecinos de un aeropuerto

Llegado este punto, es preciso mencionar que en el taller tuvimos la suerte de entrevistar a un grupo de scouts de 8 a 12 años, con quienes coincidimos en la tercera jornada, y que en su origen fueron invitados por QLL para actividades de replantación. Esto fue importante, puesto que buscábamos opiniones diversas y no sesgadas por una carga ético-estética particular que quisiéramos endosarle al ruido en la Quebrada (sobre todo, tras dos jornadas de profundización aural y dialogante con la zona).

Quizás lo más inesperado (y maravilloso) de esta serendipia fue que nos dio perspectiva de futuro, y nos demostró de manera totalmente orgánica que la capacidad de imaginar soluciones en comunidad no es tan lejana como pudiésemos pensar. Previo a la jornada, preparamos un grupo de preguntas pensadas para obtener un testimonio lo más abierto y sincero posible, en el que pudiesen expresar sus preferencias, soluciones y vocalizar algunos de los sonidos que les parecieron más sobresalientes en los ejercicios de escucha.

 

– ¿Y hay algún sonido que te gustaría sacar? 

-Los camiones. 

-¿Por qué? 

-Porque como que le quitan el ambiente natural a la quebrada. 

-¿Y se te ocurre alguna solución para sacar ese sonido? 

-Como… alargar el túnel que hay ahí, como hacer una pantalla, como un túnel […]

 

Pero las relaciones inesperadas de las niñeces también pusieron en evidencia otra tensión: la expectativa pastoral de que lo «natural» es siempre un remanso de calma choca con nuestros hábitos de escucha, en tanto seres urbanos.

 

-¿Qué sonidos escuchaste?

-Mar, viento, hojas, hojas… Helicópteros. 

-¿Y eso? ¿Qué sensación te generó al escucharlo?

-Tranquilidad. 

-¿Y algún sonido que te haya gustado por sobre otro? 

-Un helicóptero.

 

Cabe recordar que nuestra inmersión como escuchas en un espacio acústico, del cual formamos parte y establecemos porosos continuos, trae consigo una historia y una infraestructura[32]. Cada persona aporta su propia carga empírica, emocional y gustos influidos a su vez por factores contingentes, generando una compleja red de factores que son difíciles de abordar si no se considera su relación con el entorno social y material del que emergen.

En este sentido, la relación de las niñeces con el ruido es especialmente esclarecedora. Sospechaba yo que sus respuestas no serían como las nuestras. Que su percepción del paisaje sonoro no viene excesivamente permeada del sustrato experiencial, colectivo a la vez que viciado, que nutre las ideas y opiniones de la mente adulta. Que podrían incluso responder positivamente al ruido.

 

Omnifonía y desenfoque

A modo de explicación, una compañera de la organización aludiría a la normalización del ruido en el desarrollo de la  infancia: “con esta contaminación acústica normal de una ciudad […] su cerebro se va acomodando y a decir: eso es un lugar seguro, porque hay ruido”. Esta observación invita a especular, en la medida en que nuestra habituación al trasfondo acústico de un espacio puede remontarse a la etapa del embarazo, sumado al hecho de que vivimos en un país cada vez más ruidoso (con un 88,6% de su población viviendo en áreas urbanas, según el censo de 2021)[33]

Por otro lado, los sonidos generados por el cuerpo materno, como su pulso, voz y digestión, pueden alcanzar hasta 70 dB desde la perspectiva del feto, mientras que los sonidos externos son amortiguados[34]. De hecho, ya a partir del tercer trimestre, los fetos son capaces de distinguir la voz de la madre y otros sonidos familiares. Y aunque el líquido amniótico y el cuerpo materno atenúan las frecuencias altas, los ruidos de baja frecuencia (motores, maquinaria eléctrica) llegan casi intactos (~–3 dB), formando una memoria acústica que muchos bebés parecen buscar al nacer —cuestión que podría explicar su inclinación a los estímulos fuertes, como sonidos y vibraciones durante un viaje motorizado—. Y como vimos con las «guerras de volumen», esta disposición parece perdurar hasta la adultez.

Es interesante notar que, en el entorno placentario, el sonido se comporta como en el agua. Es decir, que su velocidad y la forma en que se transmite a través de huesos y cartílagos, dificultan la determinación precisa de su dirección, volviéndola borrosa y omnidireccional. Además, al ser un medio más denso que el aire, las ondas se propagan con más facilidad, generando una sensación de mayor volumen. Todo lo cual sugiere que la percepción del sonido in utero podría no remitir a lo que entenderíamos como un paisaje sonoro convencional, sino a una zona de intensidad e inmanencia. 

Surge aquí la cuestión de la orientación como categoría que excede lo perceptual: puede ser que el ruido excesivo, al perturbar nuestro sentido de espacialidad, termine facilitando la incorporación de «interferencias» y «enmascaramientos» que lleven a una dislocación o descentramiento de la subjetividad, alterando profundamente nuestra experiencia del yo y, por consiguiente, nuestra relación con el entorno.

 
Cuarta jornada
Vista de la quebrada desde el Camino La Pólvora. Captura de pantalla desde Google Maps por Gustavo Guzmán.

Al planificar el taller, buscamos adentrarnos en la Quebrada sin prejuicios, combinando relatos sensibles y recursos técnicos para comprender el fenómeno del ruido: su naturaleza, su impacto en la comunidad y el entorno, así como qué salidas podría dársele. Y al final, las palabras de las niñeces terminaron de convencernos sobre la fluidez de nuestras relaciones sensoriales, afectivas y simbólicas con el lugar. Su apertura a integrar tecnofonías, biofonías y geofonías en la experiencia del paisaje sonoro nos revela este proceso de maneras a veces insólitas, y nos interpela a ser más conscientes de que no por ello debemos normalizar el ruido, ni desatender nuestra propia salud y responsabilidad para con la naturaleza.

Sus opiniones también evidencian que, por fantásticas que parezcan, soluciones hay, y como dijeron dos compañeras durante el programa, el próximo paso podría ser una consulta ciudadana para concientizar sobre el ruido y el silencio, saber qué siente la comunidad y exigir las medidas de mitigación correspondientes. Mitigación, y no los mezquinos «premios de consuelo» comunes a estos proyectos.

Un tejido social saludable y consciente de estas problemáticas no solo es capaz de legitimar la exigencia de pantallas acústicas, la reducción de la velocidad, el uso de barreras vegetales u otras formas de mitigación, sino que también puede sentar un precedente para el desarrollo informado de una conciencia sonora y ecosistémica en la sociedad civil.

Puede que las niñeces también tengan más claro esto, teniendo una escucha más amplia tanto a nivel mental como fisiológico, así como una franqueza y sentido común que muchas veces damos por sentado. Quizás hoy no sea viable eliminar esta carretera, pero para el futuro, las autoridades podrán prestar oído a una ciudadanía preparada para argumentar en defensa de su salud y calidad de vida. Pienso que recuperar esta amplitud de criterio supone superar no solo los vacíos culturales que tenemos respecto al sonido, el ruido y el silencio, sino también desafiar el antropocentrismo y hasta el «otocentrismo» que caracteriza nuestras concepciones aurales.

Como hemos visto, existe una miopía respecto a otras formas de ruido, ya que los estudios a menudo se centran en la intensidad, al ser  una dimensión fácilmente medible y controlable[35]. Pero existen muchos sonidos indeseados que no son directamente cuantificables por escalas de decibeles. Es necesario integrar las vibraciones, los infrasonidos y ultrasonidos, así como las dimensiones no cocleares que configuran el fenómeno acústico. En otras palabras, aquellos aspectos que, en su totalidad, suelen escapar a las regulaciones y el lenguaje técnico-institucional.

 

El ruido en la gobernanza

Entra aquí la definición institucional del ruido: ¿A quienes se integra, y a quienes se margina dentro del espacio acústico? Esta pregunta nos puede conducir al rol disciplinario que el sonido ejerce en los espacios públicos, así como la influencia sutil o inconsciente de los ultrasonidos e infrasonidos, tal como sugiere Cobussen. Un testimonio claro de esta problemática surgió al mencionarse cómo la proximidad de la carretera interfiere con el sueño y perturba la calidad de vida de la gente en Porvenir. Es evidente que esta responsabilidad emana de la institucionalidad, que muchas veces ofusca el sentido de lo que comunica mediante tecnicismos indescifrables que, a su vez, ocultan inconsistencias como las reveladas en este escrito. 

 

¿Qué medidas se piensa tomar cuando esta carretera entre en fase de ampliación, tal como se ha anunciado? 

¿Se seguirá callando a la comunidad con ruido, vulnerando su espacio a niveles dañinos para la salud y transando acuerdos con medidas de mitigación incomprensibles?

 

Quizás un primer paso sea hacer notar que no es posible obtener un modo estándar de medidas que satisfaga espacios heterotópicos como estos, y que comprender las diversas acepciones de ruido puede ser valioso a distintos niveles. Desde problemas en el embarazo hasta la sordera paulatina y problemas cardiovasculares, generaciones enteras pueden estar viéndose afectadas por este tipo de proyectos. Pero también es importante el impacto psicosocial, donde la saturación de la escucha da paso a otra forma de ruido cognitivo-conductual, una alienación con respecto al entorno. Al ser este un fenómeno intangible, ¿será menos problema para las autoridades?

 

 

De vuelta a casa

‘La carretera forma parte de nosotros y nosotros de ella’ (A.D).

 

Según la teoría de la complejidad, así como toda transmisión implica ruido, este ruido solo se torna información cuando existe un marco de referencia que le da significado. Sin ese contexto, el ruido deviene fricción: una suerte de bache que entorpece el flujo de la información, capaz de socavar la integridad del sistema que lo contiene. Paradójicamente, esta fractura temporal y local dentro del circuito puede facilitar una reorganización más compleja: el caos allana el camino para un nuevo orden.

La reducción del ruido en el proceso de señales plantea un dilema similar, en cuanto la filtración del ruido favorecerá aquellas conmociones más amplias, pero empañando el grano, la sutileza expresiva, los susurros del desorden. Attali[36] describe este tipo de ruidos como agentes caóticos en el orden sociocultural, «señales débiles» capaces de sembrar la ruptura de estructuras caducas y anunciar un porvenir diferente. 

En contraste con las «señales fuertes», que son indicios claros y evidentes de resultados predecibles, estos susurros pueden ser ambiguos, pero por razón de esto mismo, acarrear un potencial transformador. En este sentido, si prestamos atención a las señales débiles para descifrar su significado —el trino alborotado de los picaflores, el murmullo del oleaje, los ciclos ocultos del carbono y el nitrógeno recorriendo el suelo—, podremos anticipar transformaciones ecosociales constructivas, convirtiendo el ruido en un orden renovado. 

Esta mirada se extiende más allá del canto de las señales individuales: florece en la coreografía de especies y ecosistemas, en su danza de nichos y flujos energéticos. Y va aún más lejos cuando, como propone Bookchin, aplicamos esos mismos valores colaborativos a la convivencia interespecies, a la defensa de los ecosistemas y a la superación de la dicotomía humano/naturaleza. En el caso de la Quebrada, todas estas voces tenues, aunadas al reclamo organizado de la comunidad, pueden imponerse al miasma ruidoso de La Pólvora.

Bajo esa perspectiva, cada susurro es una oportunidad para reinventar nuestras formas de coexistencia, rescatar la memoria acústica depositada en las laderas, y desplegar un nuevo orden de escucha y cuidado compartido. Aquí, en la Quebrada, el ruido puede volver a ser la voz de sus habitantes y el silencio, su respiración.



Vista final de la quebrada. Foto de Gustavo Guzmán
Dedicado a la organización.
NOTAS

1. Organización activa que originalmente limpió y plantó en la Quebrada, creando un parque comunitario donde antes hubo un basural. Según tengo entendido, cuando se construyó el camino no estaba ni la junta de vecinos, ni había organizaciones ambientales en la zona. Hoy, existe un tejido social vivo.

2.  Entre el 1.er y el 2.º sector de Playa Ancha. También llamado «Quebrada (de) Las Lúcumas», como puede verse en las señaléticas de la zona y en Google Maps. 

3. Pouteria splendens, también llamado Lucuma valparadisaea. Emparentada con la lúcuma comercial, esta especie de grandes semillas recuerda a la palta y, al igual que esta, se teoriza que formó parte de la dieta de la megafauna del territorio, destacando su importancia ecológica desde épocas arcanas. Hoy, el lúcumo sobrevive como símbolo de resistencia. 

4. Westerkamp, H. (2006). Soundwalking as Ecological Practice. 

5. Cobussen, M. (2016). Sound, Soundscapes, and Sound Art. 

6. Truax, B. (2020). Tutorial for the Handbook for Acoustic Ecology. 

7. Cobussen (2016). 

8. https://rvl.uv.cl/noticias/8181-escala-la-polemica-entre-upla-y-esval-por-contaminacion-fecal-en-el-mar-de-valparaiso 

9. En sí mismos, los decibeles responden a una escala logarítmica que refleja la forma en que el oído humano percibe cambios de intensidad sonora, y el dBA busca ser un perfeccionamiento de esta idea. 

10. Aunque estudios de psicoacústica y normas de exposición (p. ej., ISO 1999) suelen vincular este rango con el daño auditivo —dado que ahí el oído es más vulnerable—, conviene matizar que niveles elevados y exposiciones prolongadas en cualquier banda de frecuencia audible también pueden provocar hipoacusia. 

11.  Wrightson, K. (2013). An introduction to Acoustic Ecology. 

12. Una revisión somera de los umbrales recomendados de dBA por parte de organismos como la OMS, NIOSH y autoridades ministeriales locales SEIA, constata esta falta de consenso: cada entidad propone límites distintos, reflejando una incertidumbre que apuntala la necesidad de actuar con precaución frente a escenarios de alta intensidad acústica.

13. Lo mismo puede suceder a la inversa, bajando el tono y alargando el tiempo, convirtiendo el paso de autos en viento, picaflores en lluvias de cachorros, y así.

14. La primera propone que las señales sonoras de los animales evolucionaron para optimizar su propagación acústica dentro de sus hábitats, y, la segunda, para evitar interferencias en un espacio acústico limitado, organizándose los llamados en diferentes bandas espaciales y temporales.

15. Krause, B. (1993). The Niche Hypothesis: A Virtual Symphony of Animal Sounds, the Origins of Musical Expression and the Health of Habitats (p. 158).

16. Truax, B (1984). Acoustic Communication (p. 15).

17. Herssens, J. & Roelants, L. & Rychtarikova, M. & Heylighen, A. (2011). Listening in the Absence of Sight.

18.  Beckett insistía en la experimentación con ciertas propiedades transversales a los medios artísticos, como el silencio, el ritmo y el gesto. Ver Mendelyté, A. (2016). The Intermedial and the Transmedial across Samuel Beckett’s Artistic Practices (p. 49).  

19. Ibíd.

20. El silencio “es el tacto que cede el uso de la palabra”. Ver Le Breton, D. (2001). El Silencio.

21. Sontag, S. (1969). The aesthetics of Silence (p. 16).

22. Schulzki, I. & Olenina, A. (2017). Mediating Gesture in Theory and Practice.

23. Aunque puede resultar inquietante, las personas que han entrado a cámaras anecoicas reportan una percepción aguda de sus movimientos oculares, la actividad del cuero cabelludo, la circulación sanguínea, la actividad cerebral y, en última instancia, todos los signos de los sistemas fisiológicos que sustentan la vida.

24. Delalande, a través de B. Céleste, F. Delalande, y E. Dumaurier (1982). L’enfant du sonore au musical (pp. 37–8).

25. Su título completo es: The Dresden Interleaf 13 February 1945.

26. Wrightson (2013), p. 12. 27. Sangild, T. (2004). Noise – Three Musical Gestures: Expressionist, Introvert and Minimal Noise. p. 6.  

28. Méndez, A. (2016). Política del ruido. En los límites de la comunicación musical. p. 24.

29. Durán, C.  y  Vetö, S. (2021). La “rostridad” en el estallido social chileno de 2019: acerca de la estrategia político-policial de mutilación ocular.  

30. Por ejemplo, Turquía en 2013, Chile en 2019 y Serbia en 2025.

31. Guzmán, G. (2023). El gesto transmedial: el fenómeno gestual a través de distintos medios de expresión artística. p. 70.

32. Helmreich, S. (2010). Listening against soundscapes.

33. https://www.ine.gob.cl/estadisticas/sociales/demografia-y-vitales/proyecciones-de-poblacion

34. Aunque muchos de estos se basan en datos observacionales que no controlan factores de confusión.

35. Ver Cobussen (2016).

36. Attali, J. (2025). Order and noise.

 
Gustavo Guzmán (Chile)
Compositor, músico, artista e investigador, con experiencia en cine, danza, teatro, performance y nuevos medios. Es Maestro en Tecnología Musical por la UNAM; Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Chile; y con estudios en Composición Musical por la misma casa de estudios, así como en Neurociencias, Arte y Cultura por la ACT-UNAM.
En su trabajo aborda las intersecciones entre gesto, tecnología y cultura, con un enfoque crítico sobre los aspectos sociopolíticos que rigen los modos de producción artística. Su énfasis en el gesto propone una relectura de nuestras formas de expresión mediante enfoques corporizados que tensionan lo ritual con lo cíborg, lo comunitario con lo mediático y lo identitario con lo posthumano. Desde 2019 que investiga las diversas formas de gestualidad en la cultura, sus alcances ecosociales y su análisis, síntesis e interacción multimodal con Machine Learning.

gustavoguzmancom.wordpress.com



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