¿Escuchó el ruido de las aves? Etnografía, grabación y escucha en un amanecer andino

Artista

Facundo Petit

Este ensayo etnográfico propone una exploración situada del sonido y la escucha en la Puna de Jujuy (Argentina), a partir de un primer viaje a la comunidad indígena de Lagunillas del Farallón. El texto se estructura como una crónica de campo en la que lo sonoro –en particular, el canto de las aves al amanecer– irrumpe como una pista inesperada, revelando dimensiones sensibles del territorio. Desde un enfoque que entiende la etnografía como un encuentro dialéctico entre investigador y campo, la experiencia de escucha se entrelaza con saberes locales, temporalidades saqra y la vivacidad del paisaje. Lejos de buscar una explicación cerrada, el ensayo se posiciona en una zona de incertidumbre donde el sonido desestabiliza y, al mismo tiempo, conecta.

Desplazamiento etnográfico: más que método

En abril de 2022 cargué mi chuspa, la llené de hojas de coca, elegí una libreta nueva a estrenar, puse mi Tascam en la mochila y fui por primera vez a Lagunillas del Farallón, un pueblo de la Puna de Jujuy en el extremo noroeste argentino. Poco sabía sobre este pueblo, más allá de que está emplazado a 4.200 m.s.n.m. y que sus habitantes, dedicados principalmente al pastoreo de llamas, conforman una comunidad indígena de adscripción quechua. Mi objetivo al dirigirme hasta allí era presentarme ante las autoridades y generar los primeros contactos para comenzar una investigación etnográfica. Este era el primer paso necesario para, potencialmente, trabajar junto con la comunidad a lo largo de años por venir.

Ese primer viaje, al encuentro con la comunidad de Lagunillas del Farallón, implicaba más que un desplazamiento geográfico. En principio, era –o al menos yo así lo creía– un movimiento epistemológico, un nuevo comienzo tras haber concluido mi investigación antropológica doctoral sobre la sonoridad y la escucha en la ciudad de Buenos Aires (Petit, 2020). De investigar un espacio urbano enorme, casi inabarcable, pasaba ahora a un pequeño pueblo de 300 habitantes, donde no quería imponer de antemano la pregunta por lo sonoro.

Una razón primaba: si bien en Buenos Aires el ruido constituye de por sí un problema social y, por ende, un buen punto de partida para la exploración antropológica, no podía pretender que esa misma premisa funcionara en este pueblo puneño. Con mi tesis ya finalizada, podía despojarme de las presiones académicas y contar con el tiempo para dejarme fluir por las problemáticas que fueran surgiendo del encuentro etnográfico. Con ello, esta nueva etapa reunía las características que definen a la etnografía como un desplazamiento primordialmente existencial, ontológico y transformador (Wright, 1994).

El ruido de las aves

Envuelto en esas expectativas, emprendí el largo y cansador viaje hasta Lagunillas del Farallón. Al llegar, sentí el aire frío y denso de la altura y, si bien sabía por lógica que el pueblo estaba rodeado de lagunas, me sorprendió la presencia de una de ellas frente a la casa donde me hospedé. Ya conocía otros pueblos de la Puna jujeña, pero nunca había visto una de sus lagunas, brillante, quieta, aparentemente imperturbable. El único movimiento que podía observar sobre ella era el producido por las distintas aves acuáticas que la habitan, patos, sokhas (unas aves grandes y negras), parinas, conviviendo con las llamas que componen las haciendas de algunas de las familias. Por detrás de la laguna, el imponente volcán Granadas.

 

Laguna ubicada al frente del pueblo de Lagunillas del Farallón. Fotografía del autor (22 de abril de 2022).

Pasaron los días, y de a poco fui conociendo a algunas familias y a las autoridades de la comunidad. En las conversaciones y negociaciones se tejían los primeros puntos de la investigación y los farallonenses comenzaban a ver la utilidad de un antropólogo trabajando junto a ellos, especialmente para potenciar su proyecto de turismo rural comunitario, el cual se consolidó a finales del 2022. Todo iba acorde a mi humilde plan, hasta un almuerzo en la casa de una de las cocineras del pueblo. Alrededor de la mesa estábamos el chofer del único transporte que llega al pueblo desde la ciudad fronteriza de La Quiaca, el policía de turno, un hombre visiblemente borracho y yo. Luego de que les comentara mi razón de ser y estar en el pueblo, comenzaron a enumerarme las distintas fiestas que tienen lugar durante el año. Mientras anotaba, se produjo un silencio de unos segundos, tras el cual el borracho hizo una pregunta que me descolocó: ¿escuchó el ruido de las aves? Ante mi respuesta negativa, tomó un vaso de vino, saludó y se fue.

Mural presente en la escuela primaria del pueblo, realizado por el docente de arte junto a estudiantes de la institución. Fotografía del autor (5 de octubre de 2022).

La inquietud por esa pregunta me acompañó durante la tarde. Con mi formación en una antropología centrada en los mundos sonoros y audibles, aquella mención era una prematura invitación, sin buscarla, a indagar por las aves y su canto. Esa noche volví a la casa de la cocinera, pero el hombre no estaba. En su lugar, estaba el marido de esta mujer, quien trabaja como guardaparque de fauna y flora en Laguna de Vilama, una gran laguna ubicada a 40 km de Lagunillas del Farallón, de la cual se abastecen todas las demás lagunas que se encuentran alrededor del pueblo. Mientras me ayudaba a completar el calendario festivo de la comunidad, se repitió la escena del mediodía. Tras un silencio, me realizó la pregunta, de manera idéntica: ¿escuchó el ruido de las aves? No podía ya tratarse de una casualidad, así que aproveché a consultarle de qué aves se trataba, y qué particularidad tenía su ruido. Cantan entre las cuatro y las seis de la mañana, me dijo. Cuando empieza a clarear, cantan las sokhas.

La pregunta por lo sonoro llegaba por sí sola, como parte de las cualidades profundamente impredecibles del encuentro etnográfico. Mientras caminaba al hospedaje luego de la cena, en una cerrada noche puneña, pensé que mientras para cualquier otro etnógrafo ese dato podría haber sido uno más en la larga lista de novedades que se imprime en el cuaderno durante un trabajo de campo inicial, a mí me representaba un enorme entusiasmo. Lo que se presentaba en el campo confluía naturalmente con mi historia académica. Así que, antes de acostarme, preparé el grabador y la linterna, puse el despertador a las 3:30 de la mañana e hice el esfuerzo de dormir.

Panorámica de Lagunillas del Farallón, donde se observa el pueblo, la laguna del frente y una laguna seca hacia el sur, en dirección al volcán Granadas. Fotografía del autor (7 de mayo de 2023).
Horas saqra

Unos minutos antes de que sonara la alarma ya estaba despierto. Me abrigué todo lo que pude y caminé los 50 metros que separan la puerta del hospedaje de la orilla de la laguna. Hice unas seis o siete grabaciones. Mientras pasaban las horas, el frío, el cansancio, la desolación y el amanecer comenzaban a colaborar en complicidad para jugar maliciosamente con mi mente. En el horizonte se alineaban verticalmente cuatro planetas, Júpiter, Venus, Marte y Saturno, fenómeno que me había anticipado un colega antropólogo formado de base en astronomía. Mientras grababa, estaba activamente a la escucha, ejercicio que me había sido muy útil durante mis grabaciones en la ciudad. En el silencio de la noche puneña, podía percibir las distintas capas sonoras que mi grabador estaba registrando: oleadas del viento que se anunciaba desde kilómetros moviendo a su paso la escasa vegetación, y que se fue intensificando en los minutos previos al amanecer, algún perro lejano, un gallo intempestivo, que en mis notas no conté dentro de las aves que estaba buscando escuchar.

Amanecer en la laguna, hacia el este aún se observa uno de los planetas alineados durante esa noche. Fotografía del autor (22 de abril de 2022).

Sobre esos sonidos, mi atención estaba puesta hacia el interior de la laguna. En mi imaginario, los sonidos que producían las aves sonaban a algo espectral, misterioso, estremecedor; la sensación que me recorría el cuerpo, in crescendo, era de profundo temor. Esta sensación no era caprichosa. Sabía, a través de la lectura de algunas etnografías andinas, que para muchas comunidades de la región el amanecer, así como el anochecer, el mediodía y la medianoche son tiempos saqra, horarios que por lo indiferenciado son especialmente permeables para la comunicación entre-mundos y la presencia de seres, fuerzas o entidades no humanas (Rubinelli, 2000; Cruz, 2014). Ese conocimiento alimentaba mi imaginación sobre lo que estaba escuchando pero que no podía ver con claridad, donde el sonido asumía todos los rasgos de resonancia siniestra definidos por David Toop (2014). 

En cuanto a los cantos, o ruidos, podía distinguir claramente dos aves diferentes, una que emitía un sonido grueso, gutural, y otra más estridente. Cada tanto, podía escuchar cómo las aves se desplazaban de un lado a otro de la laguna correteando sobre el agua. Cuando vi que el sol asomaba por el horizonte, guardé el grabador y volví a la casa. No sabía realmente qué había escuchado, ni tampoco qué había quedado grabado. El sentido de la pregunta que motivó aquellas grabaciones inesperadas se continúa develando hasta el día de hoy, incluso mientras escribo estas líneas.

Selección de las grabaciones tomadas entre las 4 y las 7 de la mañana del 22 de abril de 2022:

la potencia vital de las lagunas

En la región andina, el paisaje no es un telón de fondo inerte, externo e independiente de los sujetos, ni es objeto de apreciación estética. Es, más bien, un ente viviente, dotado de agencia y afectividad, que interviene activamente en las relaciones vitales entre humanos y no humanos, aquellas que permiten la existencia. De allí que la antropóloga Alison Spedding (2008) haya propuesto la noción de “paisaje vivificado” para comprender que en gran parte de los Andes el espacio habitado por los humanos es compartido con otros seres con diferentes cualidades y modos de existir. Por su parte, los espacios acuáticos en los Andes tienen sus potencias particulares. Los ojos de agua, ríos y lagunas constituyen lugares con agencia e intencionalidad, que incluso permiten la comunicación entre-mundos, al igual que las horas saqra. Varios relatos registrados a lo largo de la extensa Puna jujeña atestiguan que algunas lagunas tienen malicia, pueden enojarse, constituyen seres hambrientos y voraces (Vilca, 2010; Pazzarelli, 2016). 

En Lagunillas del Farallón, mi primer acercamiento al carácter de las lagunas fue a través del relato de un docente, con quien hablé pocas horas luego de haber arribado al pueblo. Me estaba contando sobre distintos recorridos que le gusta hacer con colegas y con sus estudiantes, y me habló sobre una laguna que, por su forma, es conocida como charango y que, según le han dicho, es peligrosa: si uno se acerca demasiado, puede ser devorado por ella. “Blup”, me dice, emulando el sonido con que la laguna sacia su apetito con animales o personas desprevenidas. Ese “blup”, tan elocuente, no parecía ser solo un sonido, sino la manifestación audible de una agencia. 

Con el correr de los años, y tras sucesivos trabajos de campo, fui conociendo cada vez más particularidades sobre las lagunas de Lagunillas del Farallón. Primero, que no todas las lagunas son malas. Aquellas que presentan este carácter son fácilmente reconocibles porque en su centro se dibuja un círculo de otro color, más verdoso. Un día, viajando con un miembro de la comunidad, me fue señalando las lagunas malas, como Q’omer Laguna (Laguna Verde) o Phiña Laguna (Laguna Mala), y que el ojo verde demarca que son particularmente profundas: desde allí emergen seres, como apariciones, que en la forma de hombres ancianos o mujeres hermosas tientan a los caminantes a acercarse para atraparlos y devorarlos.   

Pero no todas las historias sobre las lagunas son referidas a su voracidad. En otros casos se resalta su carácter profundamente genésico, dando así forma a la ambigüedad que caracteriza a los seres andinos, que tanto castigan como propician. Así, otros relatos que me han compartido destacan que, de algunas lagunas, en la época en que comienzan a descongelarse luego de los momentos más crudos del invierno, se han visto salir distintos animales, como ovejas y vacas. Aquí interviene otro sonido: al descongelarse, las lagunas emiten el canto de un gallo. En otros sitios de la región andina, es usual que se hable de llamas que emergen de las lagunas. Aquí son todos animales de origen europeo, detalle del cual aún estoy buscando una interpretación local.

Sonidos de abundancia

Aquel trabajo de campo, durante abril de 2022, fue el primero de varios, en el marco de una serie de investigaciones y colaboraciones con la comunidad que continúan hasta la actualidad, junto con un equipo conformado por otros colegas. La grabación de aquella madrugada fue la primera de varias realizadas en otros espacios y contextos. Sin embargo, nunca más me mencionaron el ruido de las aves como un elemento que amerite mi atención. De hecho, la laguna nunca volvió a estar tan llena como aquel año. En las sucesivas visitas al pueblo, me sorprendía cada vez la escasez de agua, la laguna convertida en pequeños charcos inconexos, los efectos estacionales de años cada vez más secos que los anteriores. La falta de agua, a su vez, provoca la migración de las aves. 

De repente, el ruido de las aves señalado por los habitantes de Lagunillas del Farallón adoptaba un sentido vital, un sonido de abundancia cuyo significado remite a todo el sistema productivo agrícola y pastoril de la Puna, donde sin agua no hay vida. En contraste con el silencio de los años posteriores, el ruido de las aves se posicionó como un eje de la experiencia vital local, un sonido que, lejos de ser una cualidad física del ambiente, es la manifestación audible de una serie de relaciones que exceden a lo humano y lo conectan con las agencias que intervienen en la existencia del territorio. Allí donde el ruido de las aves aparece como signo de abundancia y equilibrio, podría leerse también la presencia de esas agencias más-que-humanas —lagunas, aves, vientos— que inciden en la vida pública porque sostienen las condiciones mismas del vivir. Una ecología de saberes y sensibilidades mediadas por lo sonoro y la escucha.

Laguna del frente del pueblo, visiblemente retirada y con sectores secos. Fotografía del autor (5 de octubre de 2023).

La grabación durante aquella madrugada en Lagunillas del Farallón, entre el frío, el miedo y la emoción, va encontrando su sentido. Hoy comprendo que grabar a las aves no era solo registrar sonidos, sino asumir una disposición etnográfica ante lo desconocido, dejarme afectar por lo que aún no tiene forma. La pregunta por el ruido de las aves no fue solo un dato para analizar, sino una puerta abierta a otra forma de habitar el amanecer, la laguna, y el campo mismo. En esa escena mínima y a la vez desbordante, el encuentro con lo saqra no fue únicamente un objeto de estudio, sino una experiencia sensorial y epistémica donde escuchar fue también ser escuchado. Como tantas veces en la etnografía, no fui yo quien eligió el tema: fue el campo el que, con su propio ritmo y lenguaje, me habló primero, quizás para comprobar si estaba realmente escuchando.

Bibliografía

Cruz, P. (2014). Desde el diabólico mundo de los gentiles. Lecturas sobre un pasado muy presente en el espacio altoandino de Potosí y Chuquisaca (Bolivia). Revista Española de Antropología Americana 44 (1): 217-234.
Pazzarelli, F. (2016). La equivocación de las cocinas: humos, humores y otros excesos en los Andes meridionales. Revista de Antropologia 59 (3): 49-72. 
Petit, F. (2020). La ciudad del ruido. Antropología de la experiencia sonora en Buenos Aires. Tesis doctoral en Antropología. Universidad de Buenos Aires, Argentina. 
Rubinelli, M. L. (2000). Los ordenadores simbólicos de la concepción espacio-temporal en el NOA. Cuadernos de la FHyCS-UNJu 13: 141-159. 
Spedding, A. (2008). Religión en los Andes. Extirpación de idolatrías y modernidad de la fe andina. La Paz: ISEAT. 
Toop, D. (2014). Resonancia siniestra. El oyente como medium. Buenos Aires: Caja Negra.
Vilca, M. (2010). Uma nayraw uñch’ukiskitu. Un ojo de agua me está mirando… Manuscrito inédito. Disponible en: https://www.academia.edu/7171802/Uma_nayraw_Un_ojo_de_agua_me_esta_mirando 
Wright, P. (1994). Experiencia, intersubjetividad y existencia. Hacia una teoría práctica de la etnografía. Runa XXI: 347-380.

 

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FACUNDO PETIT (ARGENTINA)
Licenciado, Profesor y Doctor en Antropología por la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y actualmente se desempeña como Investigador Adscripto en la Unidad Ejecutora en Ciencias Sociales Regionales y Humanidades (CONICET/Universidad Nacional de Jujuy). Se especializa en los estudios socio-antropológicos sobre la sonoridad y la escucha, y también ha contribuido al campo de los estudios sociales sobre la pandemia de COVID-19. Actualmente se encuentra explorando varias líneas de investigación en la Quebrada de Humahuaca y la Puna de Jujuy, vinculadas a procesos socio-religiosos, turísticos y de patrimonialización.

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