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En la pampa no hay silencio…
Gustavo Cerati
Esta pieza que llamamos ensayo forma parte de una genealogía de publicaciones, acciones y complicidades: una deriva más dentro del ambicioso mapeo colaborativo titulado Visitas a …[1]. Se trata de una pequeña crónica que invita a imaginar la naturaleza del mal tiempo en los sures, una singularidad que busca abrir otros canales de escucha frente a los mesianismos ecologistas o a la euforia aceleracionista que dominan el discurso contemporáneo del colapso. Más que ofrecer respuestas, el texto propone una oportunidad para compartir interrogantes sobre lo audible de lo no humano, en los umbrales de las extinciones masivas que se avecinan.
Las Visitas son un dispositivo de conocimiento e intercambio de saberes co-construido en las disputas sobre relatos normalizados y coloniales en las patagonias: ir a escuchar, ir a ver, ir a imaginar; la experiencia como saber del cuerpo. Los sitios experimentados se desprenden de la corteza terrestre. Como menciona Yamile Jalil (2022), visitar es moverse por agujeros que se expanden y contraen en nuestro territorio patagónico. Estas palabras son gestos en aquellos agujeros, dentro de pequeñas resonancias de ultramar. Estas llanuras son una forma de desafiar la gravedad terrestre e ingresar en la ensoñación de las aguas saladas. Mientras únicamente tengamos ciencia ficción capitalista (Nieva, 2024), solo tendremos visitas para trazar otros mundos.
Una gran costa
Las omisiones son una cortina de humo.
Una llanura no es un desierto.
No hay bahías cómplices del genocidio.
Para comenzar, queremos invitar a imaginar a las patagonias como una gran costa, un territorio abrazado por el Pacífico y el Atlántico; no como insularidad o archipiélago -eso sería fortalecer la idea de fragmentación y aislamiento que tanto se insiste sobre esta región- sino como encuentros movedizos entre tierra y agua, entre mar y continente, entre Treng Treng y Kai Kai. Hoy en los sures hay dos estados atrapados en esas costas, naciones presas del racismo. En la última parte del siglo XIX, Argentina notó que sus llanuras pampeanas eran insuficientes en el esquema económico global, la expansión de las fronteras hacia el sur devino en pasturas y genocidio por medio de la Campaña del Desierto (1878- XXXX). Una vez más, agua y tierra comenzaron a moverse y no se han detenido hasta nuestros días.
Caminar las costas patagónicas es experimentar todos los tiempos a la vez, a lo lejos se pueden ver los grandes barcos del extractivismo (pesqueras, hidrocarburos y turismos). Debajo de nuestros pies, residuos enredados a las algas que dejó la marea y fósiles en las rocas. Caminar por las costas nos hace creer que estamos visitando una antigua llanura en las profundidades del mar, esto no es un dato geológico, sino, simplemente las pocas palabras que podemos balbucear mientras escuchamos la fuerza de las olas romper sobre grandes superficies. Multitonalidad. Mucho tiempo atrás, una brigada de cianobacterias hicieron una revolución y llenaron el mundo de oxígeno. Antes, cuando todo era océano, grandes llanuras de algas con seres invertebrados y peces pastaban en estas planicies. Mañana, cuando los niveles del mar crezcan y venzan la gravedad terrestre, todo volverá a ser grandes llanuras y seres inimaginables pastarán por estos nuevos mundos.
En estas pampas[2] que ven nacer el sol hay una región visitada por ballenas en tiempos del wiñoy tripantu, para nosotres la llanura de los cetáceos. Las ballenas, esos mamíferos gigantescos dotados de sonares, seres increíbles protagonistas en nuestras historias, desde Jonás a Pinocho, de Moby Dick a Keiko. Imaginamos: ¿los cetáceos habrán escuchado los fusilamientos de agosto del 72 en la base aeronaval Almirante Zar, en Trelew[3]? ¿La Bahía Bustamente construida por Boltanski[4] habrá captado alguna resonancia de las balas de las masacres? ¿Les Trempulcahue habrán acompañado a esas almas?
La sangre derramada no será negociada
Cuando la sangre de las ballenas tiñe las aguas en las espantosas capturas de sus cuerpos, notamos lo limitadas que son las teorías del color para apreciar las aberraciones ¿Existirá alguna forma de nombrar esta afectación? La sangre derramada no será negociada, nos repetimos al mirar el mar, las mismas aguas que recibieron los cuerpos de militantes políticos en los vuelos de la muerte lanzados desde los Fiat G-222; las mismas aguas donde desemboca el Río Chubut, hoy en peligro ante el avance inmobiliario y la megaminería ¿Les Trempulcahue habrán acompañado a esas almas? ¿Quién guía las almas de los seres no humanos?
“La grasa y la sangre” es el título de un tango, una pieza nacida del universo de Melville. Nosotres conocimos esa canción por su versión del trío Futre en el 2010. La banda recupera su nombre de Futre, una leyenda cuyana con la que nos aterrorizaron en nuestra infancia en los años noventa, un ser fantasmático, elegante y decapitado que ronda en la cordillera. Siempre nos ha costado comunicarnos con fantasmas, y hay tantos que deambulan por estas pampas. Nos resulta difícil comprender su lenguaje, quisiéramos consultarles: ¿es posible negociar sobre aquello que ha sido sustraído? ¿Quiénes pondrán su sangre como moneda de cambio para que otres negocien?
Volviendo al tango, en una de sus estrofas dice: sueñan/ sueñan casi como bestias/ siempre con las bestias. La visita a la llanura de los cetáceos es un sueño de las bestias, hijes de Ceto, las que nadan en la costas de los vuelos de la muerte, las que caminan en las mismas pampas que Inacayal; esas bestias imaginadas y retratadas en mapas renacentistas, crónicas y leyendas. Como fantasmas, las bestias escuchan todo y se refugian en las profundidades cavernosas de los ríos, lagos y mares, aparecen de tanto en tanto.
Nos gusta imaginar que las formas de comunicarse de las bestias son los sueños, la forma más sofisticada de sus sonares, que viajan sin ninguna barrera, como un micelio de cuerpo a cuerpo ¿Cómo se escucharan esos sueños?¿Qué tendrán para decirnos? ¿Cómo sueñan les seres sin cabeza? ¿Qué dirá IONE y su teoría de Deep Dreaming? Nos detenemos, escuchamos la fuerza de las olas romper sobre grandes superficies ¿Cuánta sangre derramada han significado los sueños emancipatorios? Pero qué es la sangre sino pura liminalidad, un flujo que pulsa y construye espacialidad, sentidos, imaginarios ¿Cómo son los sonidos casi audibles de los sueños en este territorio liminal llamado Llanura de los Cetáceos?
Escuchar en la naturaleza de los malos tiempos
¿Cómo imaginamos la auralidad de estas llanuras? ¿Qué podemos escuchar? Esta llanura es un territorio liminal, un umbral entre realidad y ficción, entre pasado, presente y futuro, un sitio que es puro olvido mientras crecen las aguas por el deshielo de los polos. Perdónanos Murray, no habrá paisajes sonoros de estas pampas, solo vibraciones que se escapan del otro lado, cantos, chasquidos, ¡Pfuussshhhhhh!», ”phwargh”, mensajes que viajan en la intemporalidad de la suspensión; te pedimos un poco más de tiempo Walter, seguimos luchando con ese enemigo que no ha cesado de vencer; Pauline, te estamos escuchando, seguimos buceando en lo más profundo de nuestros cuerpos; Salomé, ¿cómo percibir desde las continuidades sonoras nuevas relaciones que nos permitan salir de binarismos humanos y no humanos? Xoan Xil, te preguntamos cómo construir una idea de la auralidad de un sitio trazado en las discontinuidades de la violencia y el olvido ¿Cómo imaginar su silencio?
En aquellos días en los que los cielos se despejan, nos gusta detenernos a pensar los cetáceos como umbrales entre realidad y ficción, no como guardias que protegen el ingreso de un lado hacia otro, sino como los mismísimos portales. Las ballenas que sobreviven en las aguas patagónicas son quizás lo único que nos conecte con la multidimensionalidad de las llanuras, reinterpretando a Silvia Rivera Cusincanqui (2018) ¿cómo comprender desde las aguas de la llanuras el aforismo aimara Qhipnayra uñtasis sarnaqapxañani[5]? Pensamos desde la perspectiva que nos ofrece la autora:
[…] el pasado se llama nayrapacha y nayra también son los ojos, es decir, el pasado está por delante, es lo único que conocemos porque lo podemos mirar, sentir y recordar. El futuro es en cambio una especie de q’ipi, una carga de preocupaciones, que más vale tener en la espalda (qhipa), porque si se las pone por delante no dejan vivir, no dejan caminar (p.52).
Quizás estos portales flotantes nos ofrezcan señales multitonales para habitar con la suficiente fuerza el presente, sonares cetáceos que nos permiten poder escuchar, sentir y recordar para caminar en las infinitas costas del sur.