Artista
Federico Barabino
En el inicio de Encuentro con hombres notables, película que narra la vida de Gurdjieff y su búsqueda de la verdad espiritual a través de encuentros con personas extraordinarias de diversas tradiciones y culturas, el eco tiene lugar. Desde un vínculo –complejo, multidimensional y cambiante, entre los campos físicos y la percepción de los mismos– el eco es lo que retorna después de haberse extinguido el impulso que lo gestó al recorrer una distancia. Mediante un movimiento gradual del lente de la cámara, las imágenes en movimiento que dan comienzo a la narrativa nos develan la inmensidad de la montaña. Ese valle y la vastedad de su ecosistema espontáneo serán los encargados de, según su propia voluntad, reflejar y devolver una cuidada selección de ondas sonoras a su punto de origen, luego de un cierto intervalo de tiempo.
En la tradición mística descrita por Gurdjieff, los ashoj eran un grupo selecto de músicos y místicos que se reunían cada veinte años en valles específicos de Asia Central para poner a prueba el poder de su música. Estas reuniones frente al pueblo servían como una forma de medir la capacidad armónica de sus improvisaciones, no sólo en términos de calidad musical, sino en su habilidad para hacer vibrar físicamente el entorno natural, especialmente las piedras del valle y sus restos minerales esculpidos. El reto consistía en generar un sonido cuya sucesión de la serie armónica devolviera un eco a través del paisaje, provocando una vibración en las rocas. Sólo aquel capaz de producir tal efecto sería considerado un maestro de la tradición. Los ashojs no sólo se sabían de memoria innumerables relatos y poemas, a veces muy largos, y cantaban las melodías más variadas, sino que también eran portadores de un conocimiento profundo sobre la relación entre el sonido y el espacio. A través de su música, exploraban la capacidad del sonido para conectarse con el entorno y alterar la percepción. La música se transformaba así en un vehículo de conocimiento espiritual y físico, y el eco que se generaba en las montañas era testimonio de esa interacción entre lo humano y lo geológico, un diálogo entre la voz y la piedra, la vibración y la materia. Un grupo de siete ashojs solistas, provenientes de diferentes países y regiones, competían entre sí bajo la atenta escucha del pueblo, que los percibía con expectativa como audiencia.
La figura topográfica de una montaña, desde el punto de vista acústico, presenta características que influyen en cómo las ondas sonoras interactúan con ella. Estas superficies suelen ser rugosas, irregulares y compuestas por distintos tipos de materiales, lo que afecta la absorción, refracción, difracción y transmisión del sonido que las impacta. La mayoría de las superficies montañosas están formadas por capas de roca desgastadas por la erosión, lo que crea una textura rugosa e irregular. En su composición geológica las montañas están compuestas por diferentes tipos de rocas como granito, pizarra, caliza o arenisca, y cada una tiene diferentes propiedades de absorción y refracción sonora. Las rocas duras y densas, como el granito, tienden a refractar el sonido de manera más eficiente, mientras que rocas más porosas, como la arenisca, pueden absorber en mayor medida el sonido. En relación a su forma, las pendientes pronunciadas o los acantilados verticales actúan como superficies óptimas para la refracción directa del sonido, lo que facilita la formación de ecos claros. En contraste, pendientes más suaves y onduladas dispersan el sonido en múltiples direcciones, lo que puede debilitar el eco o difuminarlo. Toda superficie retransmite una porción del sonido que la impacta. Es entonces cuando sónicos métricos pulsos retornan hilvanados, y en cuestión de ritmo y cadencia, comprendemos que escuchar implica siempre esperar. Esperar que algo se ramifique, como cuando dejamos caer un sonido líquido sobre un papel entelado, empieza a ser absorbido por la atracción entre las moléculas del fluido y las superficies sólidas del material, esparciéndose radialmente en ramificaciones principales que se desvían y forman secundarias a medida que el sonido se mueve a través de los poros y espacios entre, para finalmente evaporar parte del solvente, estabilizando y definiendo sus restos de bordes. Es la tierra la que suena en la distancia justa, donde el sonido se difumina, y es posible discernir el contorno de las cosas.
Si toda superficie retransmite una porción del sonido que la impacta, ¿dónde habitan las vibraciones que no han retornado todavía?. Si las rocas absorben parte del sonido en la porosidad de sus cuerpos, ¿qué sucede con las frecuencias que no retornan y quedan a la espera impregnadas en su superficie? Si la montaña conversa con las ondas sonoras que la impactan y retiene algunas palabras para sí ¿que estructura fonética se gesta en su interior cuando calla?
En Una guía sobre el arte de perderse la escritora Rebecca Solnit transcribe una explicación de la palabra sendero en tibetano:
shul, una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas estas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. (Solnit, 2020: 46)
El sonido golpea la montaña y para hacerlo traza un camino, recorre una distancia. Cincela la piedra en cada impacto y en ese gesto inscribe su resto fragmentado. No resulta fácil trazar sus límites, ni siquiera establecer de forma inequívoca la nómina de sus restos. Talla, pule, estampa; moldea la talla, erosiona lo que pule, esmerila la estampa; surca y graba. A lo largo de millones de años, la montaña ha ido esculpiendo su forma en un diálogo constante con el pulso sonoro inagotable. El sonido que retorna en forma de eco ya no es el mismo que golpeó la montaña inicialmente; en su viaje de ida y vuelta, el eco se transforma, cargando consigo la huella de su interacción con las superficies que ha recorrido y los matices del entorno. Lo sonoro es una fuerza erosiva mutante. Cada sonido que toca la superficie busca penetrar en los poros de la piedra, algunos rebotan y regresan como eco, otros quedan impregnados en las fracturas y grietas de la roca, almacenando allí una memoria auditiva. Los ecos reverberan en las cavidades, entre los surcos y hendiduras formados a lo largo de eras, delineando una relación íntima entre el sonido y la materia geológica. Abre un canal en cada golpe.
El sonido como resto, habita una zona de pasaje, un intervalo donde transmuta y evoluciona, se despliega y transfigura. Recorre una distancia, traza un camino, gesta un sendero. Es la materia un refugio de vibraciones de lo que ha sido, y a su vez, una reserva de lo que no es todavía.
En la película dirigida y estrenada por Peter Brook en 1979, un grupo de siete ashojs solistas, provenientes de diferentes países y regiones, se acerca lentamente en procesión hacia el lugar de reunión donde competirán sonoramente entre sí. El punto de encuentro es el lugar donde el pueblo permanece y, a su vez, el punto de origen desde donde el sonido se proyecta y la escucha se pliega y despliega mediada por el entorno. Las ondas acústicas retornan a su fuente en una lenta y paciente destilación. El monte escucha también junto al pueblo. La armonía es escuchar que la piedra no se superpone al sol ni al viento y uno entiende sin dificultad piedra, sol, viento; escribe el poeta. Aquí, el valle y la vastedad de su ecosistema espontáneo no son solo un escenario físico, ni un espacio vacío: son una presencia vibrante que establece un principio dialógico con los sonidos que lo habitan, devolviendo cada eco como respuesta, en un acto que parece emanar de su propia voluntad.
La maldición de Eco, según relata el mito de Narciso y Eco en Las Metamorfosis de Ovidio, es no tener la voluntad de decir lo que desea; sólo puede repetir las últimas palabras de aquella persona que hable en su presencia. Nunca habla antes de otro, nunca calla después de que otro hable. Tampoco puede no escuchar. En la historia, Eco era una ninfa que tenía el don de hablar las palabras más bellas jamás mencionadas, pero tras haber engañado a la diosa Juno (Hera) distrayéndola con largas conversaciones mientras otras ninfas escapaban con Júpiter (Zeus), Juno la castigó. Eco pierde el impulso de su propia voz, solo puede duplicar las voces externas y devolver las últimas palabras escuchadas, sin capacidad para expresar pensamientos propios o iniciar conversación alguna.
Una ninfa locuaz, la sonora Eco, que no sabe callar
[cuando alguien habla,
ni tampoco sabe hablar primero, lo vio cuando perseguía
[con sus redes
a los ciervos temblorosos. En ese tiempo, la habladora
[Eco
no era solamente una voz, sino que tenía cuerpo, más sin
[embargo,
no le daba a su boca otro uso que el que tiene ahora,
y, de muchas palabras, sólo podía repetir las últimas.
(Ovidio, 2012: 132)
En los primeros versos del poema, Ovidio define la metamorfosis con la expresión formas mutatas in nova corpora (literalmente ”formas cambiadas hacia nuevos cuerpos”). Este enunciado establece el tema central del poema: la transformación de seres o cosas en formas distintas, explorando el cambio como un proceso constante y esencial en la naturaleza y en las historias que narra. La sonora Eco se enamora profundamente de Narciso, un joven extraordinariamente hermoso pero incapaz de amar a nadie más que a sí mismo. Eco, debido a su maldición, no puede expresarle sus sentimientos, sino que sólo repite fragmentos de lo que él dice. Nunca habla antes, nunca calla después. Siempre escucha. Cuando finalmente se encuentran en el bosque, Narciso, indiferente a su amor, la rechaza cruelmente. Devastada por el desamor, Eco se retira a una cueva aislada, donde comienza su transformación final. En un proceso lento y doloroso, su cuerpo se consume por completo, dejando como único rastro el timbre de su voz, que persiste en tanto resto como eco.
Avergonzada y
[despreciada,
se oculta en los bosques y esconde su rostro entre el
[follaje,
y, desde entonces, vive en cuevas solitarias; más, sin
[embargo,
la tiene aprisionada el amor, que crece con el dolor del
[rechazo,
y debilitan su triste cuerpo las desveladas aflicciones:
la delgadez contrae su piel, todo líquido de su cuerpo se
[evapora en el aire;
sólo su voz y sus huesos sobrevivieron: la voz le quedó,
y dicen los huesos se transformaron en piedras.
Desde entonces, se esconde en los bosques y no aparece
[en monte alguno,
pero todos la escuchan, porque ella vive en el sonido.
(Ovidio, 2012: 133-134)
La forma de sus huesos es ahora el resultado de procesos geológicos, como la erosión, la sedimentación o la cristalización de minerales en el interior de la Tierra. Su estado sólido, su mineralidad no delimitada, su definición de inorgánica, es también su constitución de inespecífico. Muta por factores climáticos, se modifica por influencia térmica, se transforma a fuerza de ecos. Eco sabe que en la escucha profunda se encuentra el germen de su metamorfosis. Si en la película la montaña parece poseer la voluntad de elegir a quien devolverle el eco, y en el mito Eco pierde la voluntad de decir lo que desea o de simplemente callar ¿no se sigue acaso que, al volverse piedra, Eco recupera la voluntad de sonar como una nueva metamorfosis de su existencia? ¿Y no sería entonces el silencio de su voz una respuesta posible frente a la fuerza sónica que golpea sus huesos?
En El odio a la música, Pascal Quignard (1998) reflexiona sobre las cuevas como uno de los primeros espacios donde el ser humano experimentó el sonido en su forma primordial. Escribe un tratado sobre los vínculos entre el sonido y la noche donde sugiere que las grutas paleolíticas son instrumentos de música cuyas paredes fueron decoradas. “Las pinturas rupestres empiezan allí donde dejamos de ver la mano extendida frente al rostro” (Quignard, 1998: 94), afirma, y en este contexto señala que el eco es la voz de lo invisible. Allí donde la mezcla de animalidad, vegetalidad, mineralidad y humanidad experimenta la fuente sonora inatribuible. Lo sonoro estampa su imagen en la oscuridad de la materia, en la oscuridad de la materia estampa su imagen lo sonoro. Los ecos en estos espacios subterráneos fueron determinando la elección de las paredes decoradas, allí donde el color negro se ve.
Entre los pliegues oscuros de las cavernas paleolíticas, la diversidad en sus formas y accesos sugiere una multiplicidad de funciones y experiencias. Algunas cavernas permiten que la luz penetre a través de arcos imponentes, mientras que otras, apenas accesibles, se hunden en la opacidad total. Pasajes angostos y cámaras amplias se despliegan como escenarios donde la naturaleza y la humanidad se encontraron en un resplandor ausente. Es la oscuridad la que hace que el sonido sea inmenso. La densidad del aire, la temperatura y la humedad influyen en cómo el sonido se propaga y se percibe. La velocidad del sonido aumenta con la temperatura, ya que las moléculas del aire se mueven más rápidamente en ambientes cálidos, facilitando la transmisión de las ondas sonoras. En las cavernas, donde la temperatura suele ser más estable y baja en comparación con el exterior, el sonido se desplaza más lentamente, lo que puede alargar los ecos o modificar su timbre. En zonas más profundas de las cuevas, la temperatura constante y el aislamiento pueden crear una ambiente acústico donde las reverberaciones sean más prolongadas y menos dispersas. La atmósfera del sonido es modulada por estas variables de escala planetaria donde suenan las voces y la música que emana de los litófonos de calcita. Liberado de las ataduras de lo visible el cuerpo expande su escucha en la noche ciega. Quignard sostiene que “El oído es la percepción más arcaica de la historia personal, incluso antes que el olor, mucho antes que la visión, y es aliado de la noche.” (Quignard, 1998: 67).
Hay un sitio donde posamos nuestro oído para proyectarlo. No sucede siempre, pero sucede. Es allí donde se derrite la distancia: de un cuerpo a otro, de un cuerpo en otro, para hacer audible la intensidad, donde el eco tiene lugar.
El primer acercamiento a la música que recuerdo es el de mi madre tocando el piano en la calidez del hogar. El piano vertical de opacada madera permanece a la espera en el amplio living del primer piso. Libre de objetos apoyados sobre él su estado es la permanencia. Tardaré algunos años en sentir que la posibilidad de sonar es más interesante que el sonido en sí. Incluso en comprender que la eventualidad de que un instrumento suene no es en absoluto exclusividad de los seres humanos. Un gran ventanal a su izquierda permite vislumbrar la trama de mundo derramada sobre su cuerpo, sus partes externas constituyentes y el paso del tiempo de su materialidad estoica. El espacio vacío de su entorno lo volvía exponencial en la mente de un niño. La potencia de su evocación, abstracta, borrosa e inaudible a la distancia de un tiempo-espacio transcurrido lo es todo. Nada hay fuera de ello.
El primer acercamiento a la música que recuerdo es el de mi madre tocando el piano en la calidez del hogar. Sin embargo, el eco que retorna de ello es visual y no sonoro. ¿Es acaso el sonido una imagen sin soporte todavía? ¿Qué sonidos del pasado enmascara mi propia escucha?
Los recuerdos van derramándose dejando tras de sí vestigios de lo que ha sido, pasan a habitar una zona ambigua en la que solemos pensar que existen las cosas que hemos hecho y vivido sólo a través de los relatos breves que nos contamos. Lo que permanece posiblemente tenga que ver con la intensidad con la que se han experimentado ciertos acontecimientos, especialmente con cierta estela que ha dejado su fulgor. Eco y recuerdo comparten la modulación del tiempo, la metamorfosis de sus gestos de origen y la ausencia. Siempre las cosas con su fuga contrastándose. Hace ya tanto tiempo, el sonido –antes de que Orfeo ejecutara el contracanto para contrarrestar las voces de las Sirenas, antes de que Johann Sebastian Bach trabajara en un conjunto de obras que le permitieran desarrollar las técnicas del contrapunto, antes de que Thelonious Monk dejara caer con el peso de sus manos sobre el piano patrones rítmicos a contrapulso, antes de que Lawrence Fogel implementara los principios de cancelación activa de ruido mediante el uso de señales en contrafase– golpeaba la roca.
“A veces se oye hablar de murales o de cuerpos que han quedado milagrosamente conservados bajo tierra, sellados y protegidos de la luz durante cientos o miles de años y que, cuando quedan expuestos por primera vez al aire puro y a la luz, empiezan a borrarse, a desintegrarse, a desaparecer”. (Solnit, 2020: 37). Las cuevas, como espacios de conservación sonora, han resguardado el sustrato vibrante que penetra y persiste en la porosidad de los cuerpos como si se tratara de un sonido en estado cristalizado, una música congelada, donde puede oírse el bajo continuo del agua que perfora, disuelve y horada.
La vida produce surcos en la materia y permanece en ella todo vestigio de lo que ha sido. Todo sigue sucediendo en el sitio en el que tuvo lugar y son esos espacios testigos del tránsito por ellos de los sonidos que lo han habitado. Se empalman, se acoplan, se nutren de su territorio, entrando en relación de ensamblaje, actuando como fuerzas que se anudan con otras fuerzas. Difícilmente llegamos a imaginar su forma: siempre otra.
Todo eco nace, permanece y se apaga gracias a la fricción de diversas densidades. Es su choque lo que lo hace posible. Aborda siempre una escucha demorada, y se reconoce frente a la imposibilidad de percibirlo todo. En el principio era el sonido de las placas tectónicas esculpiendo su forma a fuerza de ecos.
Bibliografía
Ovidio, P. (2017): Las metamorfosis. Buenos Aires: Losada
Quignard, P. (1998): El odio a la música. Buenos Aires: El cuenco de plata.
Solnit, R. (2020): Una guía sobre el arte de perderse. Buenos Aires: Fiordo
FEDERICO BARABINO
Nace en 1982, Bs. As. Argentina. Utiliza el error, la re-significación de los objetos, lo expansivo e híbrido como punto de partida para sus trabajos aplicados a diferentes soportes y nutriéndose de estos para su experimentación. Investiga la escucha no como una acción que se da sobre el ataque, decaimiento, cuerpo y extensión de un sonido exclusivamente, sino como algo mucho más extenso que nos permita tener una experiencia de lo próximo y lo diseminado.
Paralelamente se desempeña como docente e investigador en la Universidad Nacional de las Artes.
http://www.federicobarabino.com.ar/
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